• Solo en Estados Unidos, se estima que ocurre una violación cada poco menos de dos horas

  • Al mismo tiempo, pocos de estos crímenes resultan en una demanda, y muchos menos en una sentencia punitiva

  • Hasta el 12.3 por ciento de las víctimas de abuso sexual tenían menos de 10 años en su primer incidente

El tema del abuso y el acoso sexual es uno de los más importantes a escala internacional. No solo porque se trata de una situación firmemente relacionada con la lucha por la equidad de género. También porque en múltiples industrias han surgido más de una demanda. Si bien el movimiento #MeToo comenzó en Hollywood con el caso de Harvey Weinstein, penetró ya a otros sectores. Entre ellos, el de la publicidad y mercadotecnia, videojuegos y periodismo.

No se trata de un problema menor o de un movimiento de solo unas cuantas personas en algunos países del mundo. El #MeToo es un fenómeno verdaderamente global, de gran escala. En el primer año de la tendencia, según Bloomberg, 429 personas habían interpuesto alguna demanda o denuncia de acoso sexual. Además, estadísticas apuntan que una de cada tres mujeres que sufren de violación antes de los 18 años, vuelven a ser abusadas en su adultez.

Así pues, es evidente que varios hombres han sido expuestos por sus acciones contra compañeras y desconocidas. En cada demanda pública que se realiza, hay una pequeña posibilidad que el acusado reciba un castigo acorde a sus actos. Pero en muchas ocasiones, solamente se expone a sufrir un golpe contra su reputación o carrera profesional. Por supuesto, hay muchos que defienden su inocencia y están molestos con las consecuencias.

Una demanda contra acusaciones de acoso sexual

De acuerdo con AdAge, el ex-director creativo de The Martin Agency, Joe Alexander, interpuso una demanda por más de 25 millones de dólares (mdd). El recurso busca cobrar a Adweek, su ex-editor en jefe Patrick Cofee, y la cuenta de Twitter anónima Diet Madison Avenue, por su participación en la presunta destrucción de su carrera. Según el profesional, las declaraciones de estos tres agentes fueron un ataque coordinado que buscaba acabar con su buen nombre.

En la demanda, se afirma que las acusaciones de la cuenta de Twitter fueron “falsas y defamatorias” y destruyeron su carrera. Asimismo, se espera compensación de parte de Adweek y su ex-editor por darle difusión a esta información. Alexander señala que los 25 mdd servirán para reparar el “extremo insulto, dolor, humillación, vergüenza y sufrimiento mental” que provocaron los señalamientos de acoso sexual. Ningún acusados ha emitido declaración.

¿A quién creerle?

No es la primera vez que una demanda por acoso sexual, o el movimiento MeToo en general, provoca consecuencias legales o empresariales secundarias. Hace unas semanas, Disney tuvo que retirar una controversial escena en Toy Story 2 debido a su referencia a estas acciones en la industria. Un nuevo spot de Sabritas también generó una pequeña controversia por ser políticamente incorrecto. Hasta marcas como Louis Vuitton han sufrido por estas acusaciones.

Es cierto que es posible que una demanda por acoso sexual podría ser potencialmente falsa. Pero, en cifras de la organización Resilience, apenas entre el dos y ocho por ciento de las acusaciones por este tipo de crimen son mentira. Esta cifra es muy similar al que existe en otras actividades ilegales. Es decir, en realidad son muy pocas las instancias en las que un señalamiento por estos abusos contra mujeres podrían ser una fabricación.

Por supuesto, en el caso específico de Joe Alexander, no corresponde a nadie más que a las autoridades competentes determinar si una demanda por abuso sexual es legítima o no. En ese sentido, los medios en ocasiones podrían apresurarse a difundir casos escandalosos, con el afán de conseguir vistas. Por supuesto, no darle visibilidad a estos problemas también significa que un posible abusador podría no recibir el castigo que merece por sus acciones.

Ante estas posibilidades, ¿a quién se le debería creer?

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