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Nos atemoriza llamar a las cosas por su nombre

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Mediante eufemismos solemos nombrar, en forma indirecta y cautelosa, aquello que nos parece alarmante, feo o grosero, con la idea de que al dar un rodeo verbal se amortigua el daño.

El comportamiento psicológico del ser humano en general tiene características universales, las cuales podemos identificar en su origen, en la herencia y el medio ambiente. En el caso de los mexicanos, este tema es extraordinariamente complejo, pero sumamente interesante. Tiene ingredientes adicionales que lo hacen aún más complejo: la conquista, el encuentro de dos razas, y una cultura impuesta por la fuerza. El contexto de estos acontecimientos lo forman -entre muchos otros-: las nativas violadas por los españoles, los hijos producto de esa violación, rechazados por los padres, por la familia de la madre y por la sociedad; despojo de sus bienes móviles e inmóviles; una religión impuesta por la espada, y lo más grave psicológicamente: un trato indigno. Este entorno se prolongó durante tres siglos, hasta el movimiento de independencia, en donde brotó con la fuerza de un volcán el odio acumulado contra los españoles y los opresores, en la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato.

Pasaron muchos otoños, nacieron nuevas generaciones de mexicanos, y se conformaron “varios Méxicos”: el del norte y el del sur; el de los ricos y el de los pobres; el de los doctos y el de los ignorantes; el de los liberales y el de los conservadores; el de los nobles y el de los plebeyos. Se dio la Revolución Mexicana en 1910, con el ideal de justicia social: la tierra, la educación, la libertad religiosa, el trabajo … pero han pasado los años y las desigualdades subsisten, el número de pobres es preocupante, por no decir alarmante; la inseguridad hace dudar de que se viva en un estado de derecho; hay incredulidad de la población en los partidos políticos y en las autoridades … los ejércitos de viene viene simbolizan la crisis laboral y el trabajo improductivo … y en el centro de todo esto está el mexicano.

Dice Irene Vallejo, en una colaboración publicada en Milenio, que “necesitamos más que nunca un diálogo franco y para eso nos hace falta tener el coraje de nombrar lo que nos asusta o nos amenaza”. Dice que es peligroso ceder al miedo, “porque somos una comunidad de voces que se contagian mutuamente sus temores”. 

Mediante eufemismos solemos nombrar, en forma indirecta y cautelosa, aquello que nos parece alarmante, feo o grosero, con la idea de que al dar un rodeo verbal se amortigua el daño.

Cita Irene que huyendo de la palabra “negro”, nos hemos acostumbrado a decir “personas de color”, dando a entender que existe gente incolora. Los gobiernos, para no nombrar la crisis, han acuñado expresiones ridículas como “crecimiento negativo.” “Es lo que hace veinticinco siglos el historiador Tucídides llamó fraseología decorativa”, agrega. Eufemismo significa embellecer al hablar. Sin embargo, la mera búsqueda de nombres inofensivos no mejora nuestra conversación colectiva. Los circunloquios se vuelven formas educadas de eludir la verdad, como “estamos estudiando el expediente” que significa en jerga burocrática que el mismo está extraviado; y “estamos estudiándolo cuidadosamente”, que intentamos encontrarlo.

La manera de ser del mexicano es vivir en un completo desorden, la preocupación por el aspecto emocional y el espiritual de la vida se refugia en la religiosidad, en el apego a las tradiciones. El mexicano “trabaja para vivir” y no a la inversa.

Frases como el “ni modo” con su connotación de “mala suerte” o de que no había forma de prevenir el revés, es la respuesta normal ante un error o accidente. O el “mañana”, son frases típicas en el mexicano porque tenemos una visión pasiva de lo inevitable.

Es de muchos conocida la consideración de que los mexicanos no sabemos decir “no”. Cuando nos proponen algo que nos desagrada o simplemente no estamos dispuestos a cumplir, respondemos “déjame ver” o el inefable “ahorita”. En lugar de atacar el problema decidimos atajar la palabra buscando sustitutos que suenan menos peyorativos. “Olvidamos que las palabras solo pueden ser valiosas si son valerosas”, dice Irene Vallejo.

El mexicano acepta estoicamente las calamidades de todo tipo sin protegerse de ellas, asumiendo una actitud de predestinación. Considera que lo que habrá de suceder vendrá y por tanto, mejor no preocuparse. Esto cotidianamente lo vemos, como ejemplo, en la tendencia a no invertir en la compra de seguros ni en atenderse con medicina preventiva.

Los mexicanos huimos de una realidad que no podemos manejar y entramos en un mundo de fantasía donde el orgullo, el idealismo y el egoísmo social florecen con seguridad además de que la pasión domina.

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