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Trumpismo: La sombra que acompañará a Joe Biden

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En una jugada política magistral,  el aún presidente de los Estados Unidos Donald Trump, logró ser catalizador para la ratificación de la jueza Amy Coney Barrett, en la Suprema Corte de la nación.

Con ello , aseguraba la mayoría conservadora en el Poder Judicial, previendo un eventual escenario de una reñida contienda electoral, que justificara, la posibilidad de que el conflicto se dirimiera en el Supremo de nuestro vecino del norte y que por ende, éste, al ser de mayoría conservadora, garantizara su reelección.

¿PODRÍA DONALD TRUMP CONSTRUIR UN CASO SÓLIDO ANTE LA SUPREMA CORTE?

Lo cierto es que conforme pasan las horas, el escenario inicial que imaginó el republicano,  de dirimir el conflicto electoral en el Supremo, se disipa. Es muy poco probable el poder construir un caso sólido ante las Cortes distritales, estatales y finalmente apelar a la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos.

De acuerdo al último reporte, Donald Trump cuenta con 214 votos electorales y Joe Biden con 279, ambos suman 493; faltan 4 estados por ser computados, que corresponden a 45 votos electorales adicionales; estos son : Alaska (3 votos), Arizona (11 votos ), Georgia (16 votos) y Carolina del Norte (15 votos).

¿ESTÁ GARANTIZADO EL TRIUNFO DEL DEMÓCRATA?

Si Trump lograra ganar estos 45 votos electorales adicionales, sumaría 259, cifra que no alcanza la requerida para asegurar su reelección.
Tendría que, necesariamente, luchar en tribunales por Pennsylvania, para garantizar su victoria. Podría argumentar fraude electoral y demandar la anulación de decenas de miles de votos, para así arrebatarle a Joe Biden, los 20 votos electorales que representa la entidad;  y que ya le fueron contabilizados al demócrata.

Las probabilidades de que esto ocurra son mínimas, considerando que hasta el momento, no se han presentado pruebas de fraude electoral en ninguna entidad; y Joe Biden aventaja al republicano en Arizona y Georgia, estados que aún no han sido adicionados a los votos electorales de ningún contendiente.

El triunfo de Joe Biden es inminente, tal parece que lo único que falta es esperar al 14 de diciembre, como lo estipula la Constitución, para que los 538 miembros del Colegio Electoral voten y finalmente hagan oficial el triunfo del demócrata.

UN PAÍS DIVIDIDO. EL TRUMPISMO LLEGÓ PARA QUEDARSE.

Donald Trump se niega a asumir su derrota,  con lo cual podríamos imaginar , que la tradicional invitación a la Casa Blanca del presidente saliente al candidato ganador, no va a ocurrir.

A través de su cuenta de twitter el republicano continúa diciendo que esto se va a dirimir en tribunales y Harmeet Dhillon, parte del equipo legal de Trump, el sábado en entrevista con Fox News, sugirió que hay evidencia de fraude, explicó que no revelará sus estrategias; aseguró que las demandas se van a introducir el lunes 09 de noviembre y dijo que el conflicto no se dirime en los medios, se dirime en la Corte.

Los resultados electorales muestran la creciente polarización y la gran división en relación a la “visión de país” que tienen los estadounidenses.

Muchos confiaban en las decisiones en materia económica de Donald Trump y favorecían el nacionalismo que defendía el inquilino de la Casa Blanca. Su retórica belicista, la famosa frase “Volvamos a Hacer a América  Grande de Nuevo”, que nos remonta a la época del nazismo; la bandera de la migración como un problema nacional y como uno de los factores negativos , fundamentales y decisivos en la política estadounidense, dejarán huella en su base más acérrima y en aquellas mentes donde sus palabras aún reverberan.

Para nadie es un secreto que las grandes crisis económicas favorecen el discurso nacionalista, xenófobo y racista. Donald Trump capitalizó un sentimiento que venía gestándose desde hacía ya varios años; el sentimiento de un pueblo descontento por una crisis económica heredada de un republicano, y asumida por un afrodescendiente. Para una gran parte de la población, el autor de la crisis de 2008 habría sido Obama y no Bush, y eso lo capitalizó muy bien Donald Trump, tal como lo hiciera el partido Nazi cuando finalmente logró dos escaños en el Parlamento Alemán luego de la Gran Depresión de 1930.

La imagen del magnate se transformó en una figura de poder y de un progreso efímero, de aquel que , cuál locomotora sin frenos, se lleva todo a su paso, pero acaba estrellándose irremediablemente. Tanto su política interior como exterior estuvo siempre marcada por el principio maquiavélico :-“el fin justifica los medios”.

El discurso de odio imperante en los últimos 4 años, selló un sentimiento en casi la mitad de la población estadounidense. En aquellos blancos extremistas que consideran que las minorías vinieron a destruir a América; en los cubano – estadounidenses que consideran que el comunismo, que destruyó y separó a sus familias, está cada vez más cerca de apoderarse del “País de Libertades” que alguna vez les abrió las puertas; en aquellos policías que piensan que la mayoría de los inmigrantes y de los afrodescendientes son criminales; y en todos aquellos que con una visión sesgada, piensan que el problema siempre será del otro.

El Trumpismo llegó para quedarse. El discurso del demócrata Joe Biden, el de un candidato que esgrime será el presidente de todos los estadounidenses, ese discurso de unión y de sanación del alma de una nación, no será suficiente para borrar las profundas heridas de un país dividido. Ni en 30 años Sudáfrica ha sido capaz de borrar las heridas de la sombra de un pasado que aún permanece latente, ni en casi 22 años Venezuela ha logrado borrar la huella del Chavismo, que destruyó al país con las mayores reservas de petróleo del mundo.

UNA NUEVA ERA.

Se necesitarán décadas para que el legado de Trump se borre de la mente de los estadounidenses, y para que las minorías dejen de ser víctimas de los ataques constantes, de aquellos que piensan, tienen la razón.

Joe Biden gobernará un cuatrienio con un Senado sin mayoría y con una Corte Suprema de talante conservador. Dada su avanzada edad, es muy probable que no pueda garantizar la reelección.

El Trumpismo, con su llegada, dejó atónito al mundo;  la democracia, la verdad y la justicia, eran vistas de soslayo, por un presidente que se encargó de desacreditar y pisotear los valores de los padres fundadores  de la primera potencia del mundo y del “País de Libertades”.

Fue conmovedor ver a uno de los anclas de una cadena de noticias estadounidense en lágrimas, cuando apenas se confirmaba el triunfo del demócrata; sus palabras seguramente permanecerán en la memoria de muchos. El periodista, visiblemente afectado, dijo que ahora será más fácil para él, ser padre, el poderle decir a sus hijos que el carácter importa, que ser una buena persona importa, que decir la verdad importa.

Sin duda para el mundo comienza una nueva era, una era donde los valores tradicionales cobran relevancia, una era de diálogo y entendimiento, una nueva etapa de un discurso comedido y conciliador.

Veremos a un Estados Unidos regresar al “Acuerdo de Paris”, al “Acuerdo Nuclear” con Irán, a la Organización Mundial de la Salud, a un acuerdo comercial con China que favorezca a ambos países. México perderá la oportunidad de capitalizar la guerra comercial de Estados Unidos con el gigante asiático; y probablemente tenga un costo político, el que el primer mandatario mexicano no haya querido reconocer el triunfo del candidato demócrata, hasta que se diera a conocer un resultado oficial; a pesar de las felicitaciones enviadas a Joe Biden por parte de múltiples mandatarios a nivel internacional.

Aún está por definirse su postura ante gobiernos dictatoriales como el de Venezuela, un régimen que ha ocasionado millones de refugiados y desplazados por una crisis sin precedentes. Parte de su política exterior apenas se vislumbra, sin embargo, de lo que si podremos estar seguros, es del retorno de la diplomacia en la retórica de nuestro vecino del norte.

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