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Se las debemos a los pastores

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Solemos participar en carreras de trail, sky running o carreras de montaña. Territorios agrestes llenos de vida y naturaleza, que obsequian a quien tiene el valor y la resistencia de cursarlos, sensaciones de felicidad, libertad y emoción inigualables. Sin embargo, aunque parecieran carreras o eventos relativamente nuevos, detrás de ellos existen hallazgos de cultura y tradición.
David León

En el norte de Inglaterra, lejos de las grandes ciudades y sus reflectores, se desarrollan fascinantes carreras de montaña. Aproximadamente en el año 1850, en un espacio natural de extraordinaria belleza, los pastores, que usualmente dedicaban sus jornadas a pastorear a su ganado, comenzaron a correr y competir entre ellos para demostrar a sus pares quién conocía mejor el territorio. Esos pastores con el paso del tiempo se convirtieron en guías y posteriormente en organizadores y participantes de carreras de montaña. Inicialmente las carreras constaban de pocos kilómetros, arrancando en las comunidades, realizando un ascenso a la cima de la montaña pactada y volviendo al punto de salida para cruzar la meta.

El componente más importante de este tipo de carreras, radica en el que el corredor elige la ruta que considera más rápida para ascender a la cumbre y descender de ella. El desempeño de los competidores experimentados de la región, caracterizados por un equipamiento común muy poco sofisticado, resultan realmente sorprendentes: Kenny Stuart (jardinero), que en 1984 recorrió más de 15 kilómetros con más de 700 metros de ascenso en 62 minutos; Joss Naylor (pastor) que en 1975 recorrió la cumbre de 72 montañas en 24 horas cubriendo una distancia de aproximadamente 160 kilómetros, venciendo un desnivel acumulado de 11 mil metros. Como ellos, el catálogo se vuelve sorprendente e interminable.

Así se ha gestado una historia de corredores de montaña completamente alejados de las grandes coberturas y patrocinadores. En la montaña, entre rocas, raíces, lodazales y superficies escarpadas, mujeres y hombres ofrendan su esfuerzo y talento para llegar recorrer las cimas y volver en el menor tiempo posible. Lejos de las grandes bolsas de premios, los corredores de montaña reciben invaluables sentimientos y emociones al tomar prestada la naturaleza para alimentar su mente y espíritu.

En México tenemos extraordinarios territorios para correr en la montaña. El paisaje mexicano se presta para ello. Las Barrancas del Cobre, el Tepozteco y distintos activos naturales más se han convertido en arena de emblemáticos ultramaratones que obligan a sus participantes a vencer todo tipo de obstáculos, valiéndose por sí mismos para hidratarse y alimentarse durante horas de esfuerzo. Si eres un corredor urbano, date la oportunidad de salir a la montaña; si ya lo eres, la próxima vez que sientas extenuante cansancio o desbordante emoción al correr en ella, recuerda que, parte de ello, se lo debes a los pastores.

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