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Salinas Pliego: lo mejor es ignorarlo

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Que Salinas Pliego —con toda su preparación académica y su dinero y su poder y sus amigos y sus influencias— tenga la mezquindad de pedirle a la población no hacer caso de las medidas sanitarias, es una irresponsabilidad imperdonable. 

El problema no es Ricardo Salinas Pliego, sino el sistema que lo deja existir. El dueño de Grupo Salinas no es más que la punta del iceberg de un problema mucho más profundo: el libertinaje con el que se manejan los empresarios más ricos de México y el aval que estos encuentran no sólo en el gobierno, sino en el pueblo mismo. 

Pregunto: ¿alguna vez entre su círculo cercano han escuchado aquella frase de que “el pobre es porque quiere”? Pues bien, si sí la han escuchado, sepan que entre sus amigos hay alguien que, probablemente, crea que Salinas Pliego es el bueno de la película. 

La idea maniquea sobre la riqueza como resultado del esfuerzo personal está arraigada en cualquier sistema que se precie de ser capitalista, pero en países tan desiguales (como México) esta idea adquiere proporciones absurdas y hasta ridículas. 

Salinas Pliego nos quiere hacer creer que todos vamos en el mismo barco: la señora que recibe en Elektra el dinero de su marido que vive sin papeles en Estados Unidos, el chavo que compra una moto Italika en “abonos chiquitos” aunque acabe pagando el triple del valor original, el reportero asalariado que gana una bicoca en TV Azteca o el vicepresidente de Banco Azteca que gana más de 200 mil pesos mensuales. Patético, ¿no? Ni siquiera en el universo de Grupo Salinas la cosa es pareja. El covid acabaría mucho más rápido con la señora que visita Elektra que con el directivo que con cuatro sueldos paga un departamento del Infonavit. 

No estoy diciendo que la enfermedad sepa de clases sociales. Simplemente tomemos en cuenta que ya circulan estudios de la OMS que determinan la asociación que existe entre pobreza y altos índices de mortandad por coronavirus. 

Nuevamente: no vamos en el mismo barco como nos lo quiere hacer creer Salinas Pliego. Él afirma que hay que seguir con la vida normal “porque todos nos vamos a morir”, “porque la vida es un riesgo”. Naturalmente, no es la única persona a la que he escuchado decir eso. Hace algunas semanas, en el supermercado, escuché decir algo similar a la cajera que me atendió. No la culpo. Su condición educativa, social, económica y cultural no es la misma que la de Salinas Pliego. A la señora cajera (que tenía unos 50 años), el gobierno lleva años mintiéndole sobre crisis, recesiones, créditos, prestaciones, salarios y seguridad social… A Salinas Pliego, el gobierno lleva años consintiéndolo con exenciones fiscales, leyes de a modo y cargos públicos (Esteban Moctezuma fue presidente de Fundación Azteca antes que titular de la SEP). 

Es lógico que la señora cajera no crea en el covid si las advertencias provienen de un gobierno que le ha mentido de todas las maneras posibles y que le genera más incertidumbre que seguridad. Pero que Salinas Pliego —con toda su preparación académica y su dinero y su poder y sus amigos y sus influencias— tenga la mezquindad de pedirle a la población no hacer caso de las medidas sanitarias, es una irresponsabilidad imperdonable. 

El problema aquí es que mucha gente —casi siempre la misma que cree que los pobres son pobres porque quieren— tiene como arquetipo del éxito a empresarios como Ricardo Salinas Pliego. La narrativa del coaching y la autoayuda ha contribuido enormemente a reforzar la idea de que la riqueza es resultado del esfuerzo y la voluntad inquebrantable. Sin embargo, cualquiera que viva con los pies en la tierra sabe que no hay mentira más grande que esa.  

La comunicación que emana de Salinas Pliego desde todos sus frentes —su cuenta de Twitter, sus declaraciones a la prensa, sus artículos de opinión— es nociva. En primera, porque desinforma sobre un tema de salud pública. Y en segunda, porque promueve una polarización social que sólo hace trizas el desgastado tejido social de nuestro país, ya resquebrajado desde tiempo atrás por corruptelas, simulaciones políticas, desigualdad económica, violencia y falta de oportunidades. 

No caigamos en las mentiras de empresarios que nos quieren vender la pandemia como “una gripita” en aras de seguir abultando sus bolsillas. Vivimos una oleada de poca ética entre la gente que maneja este país. Y con ello no sólo me refiero a los políticos, sino a los poderosos empresarios que, por ejemplo, se negaron la semana pasada a que el salario mínimo subiera 15%. ¿Y saben cómo se justificaron los del Consejo Coordinador Empresarial y la Confederación Patronal de la República? Diciendo que este aumento “arrojará a millones de microempresarios toda la carga” y provocará “la quiebra de miles de negocios y la pérdida de todavía más fuentes de trabajo”. Increíble… 

Y otro dato para dejar de seguir las banales arengas de Salinas Pliego. Resulta que, según las reformas que recién aprobó el Senado en relación con la captación de divisas, el Banco de México deberá comprar a bancos comerciales mexicanos dólares que serían potencialmente sucios. De toda esta reforma habrá un gran beneficiario. ¿Quién creen? ¡Adivinaron! 

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