La cultura de AMLO: mucho ruido y pocas nueces

El mal eterno de la política es el discurso vacío. Y si bien la historia ha estado plagada de abusos e injusticias, es evidente que los líderes populistas de hoy practican ese mal eterno en un bucle infinito.

El viernes pasado, el presidente Andrés Manuel López Obrador decretó el Programa Sectorial de Cultura 2020-2024, que en resumen es el documento más importante para el sector cultural de todo el sexenio. En él se delinean las directrices de las políticas públicas, se definen prioridades y se encaminan intereses de todas las industrias creativas, que en su conjunto aportan el 3.2% del PIB nacional, de acuerdo con datos de la Cuenta Satélite de la Cultura de México 2018 del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi). Aunque hay estimaciones, como las que ha realizado el economista Ernesto Piedras, que llevan esa cifra hasta 7.4%.

Sin embargo, como lamentablemente sucede en este país desde hace décadas, el documento parece ser, una vez más, un compendio de letras muertas.

¿Por qué? La razón es muy sencilla.

Se habla de apoyos al cine, de estímulos a creadores y artistas, de difundir el arte mexicano en el mundo, de fortalecer la vida comunitaria a través de la cultura, de revenir la violencia a través de la educación artística y de muchas otras cosas que suenan maravillosas. El pequeño gran problema es el dinero: ¿Cómo concretar todos estos objetivos con un presupuesto de 13 mil millones de pesos, es decir, una tercera parte menos de lo que tenía el sector en 2012?

El Programa Sectorial de Cultura 2020-2014 habla sobre dar mayor peso económico a las industrias culturales y hace énfasis en incrementar las ganancias del sector. ¿Pero cómo se van a concretar estos planes si el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) fue sometido a un recorte presupuestal de 75%? Recordemos que este organismo es el que rige todo lo relacionado al turismo cultural en zonas arqueológicas, los lugares que actualmente dejan más ingresos en el sector.

De hecho, con ese recorte —acorde a la Ley Federal de Austeridad Republicana—, se ordena el cierre de 10 subsecretarías del INAH y se afecta directamente la operación y el mantenimiento de 194 zonas arqueológicas, 162 museos y 515 monumentos históricos del país, según advirtió el Sindicato Nacional de Profesores de Investigación Científica y Docencia el pasado 15 de junio.

La situación se agrava porque, lamentablemente, la Secretaría de Cultura a cargo de Alejandra Frausto parece ser un ente centralizado, por mucho que su sede haya sido cambiada a Tlaxcala, más por razones cosméticas que por un verdadero cambio estructural o presupuestal. Mientras las dependencias sigan complaciendo los discursos presidenciales (algunos justos y necesarios, pero otros vacíos y autocomplacientes), poco se logrará en materia de políticas públicas y yo, al menos, veo cada vez más lejos la transformación social prometida.

Insistiré en algo que resulta obvio y que ya es una realidad en otros países, pero que en México nada más no se concreta: es fundamental que la iniciativa privada participe de manera activa en las actividades culturales. Es importante que las marcas se involucren y que existan mecanismos de mecenazgo, patrocinios, apoyos o inversión para impulsar a todas aquellas industrias creativas, que van desde el teatro, el cine o la música, hasta la animación, los videojuegos, la gastronomía o el diseño. Sólo a través de un programa que incluya nuevos métodos de financiamiento y alianzas con empresas podremos lograr un cambio real.

Como se dice coloquialmente, el programa cultural obradorista no es más que mucho ruido y pocas nueces.

 

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