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El primer año de Trump, desastroso para la reputación de los Estados Unidos

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En su primer año de gobierno como presidente de los Estados Unidos, afloró el estilo personal de gobernar de Donald Trump, caracterizado por las mismas petulancia, imprudencia, autoritarismo y carencia de reflexión que mostró durante su campaña para llegar a la Casa Blanca.

En su primer año de gobierno como presidente de los Estados Unidos, afloró el estilo personal de gobernar de Donald Trump, caracterizado por las mismas petulancia, imprudencia, autoritarismo y carencia de reflexión que mostró durante su campaña para llegar a la Casa Blanca.

El desastroso saldo de estos doce primeros meses es de 64% de rechazo, el mayor para un presidente desde 1945, hace 72 años, y el 36% de aceptación, que es el menor en el mismo tiempo. Lo increíble es que quienes lo votaron le siguen siendo fieles, y de ellos el 90.5% aprueba su caótica gestión. Algunos analistas centran su visión de lo que hace o deja de hacer el Presidente en materia de política y de comunicación, sólo en los rasgos de su personalidad, a la que tachan de megalómana, falta de sentido de la realidad, necesidad de ser reconocido y admirado, incapacidad de tener empatía con los demás y siempre ser arrogante. Más allá de estos elementos, se evidencia una estrategia bien definida y un instrumento preciso al momento de articular su política y comunicación.

Existe una clara relación entre las dos. Trump, ya en la Presidencia ha seguido la misma estrategia de comunicación que utilizó en la campaña: el escándalo. Y también el mismo instrumento para operarla: los mensajes en twitter desde muy temprana hora. Esa combinación, estrategia e instrumento, lo mantiene presente todos los días en todos los medios de su país y del mundo en forma destacada. Ninguno de ellos escapa al atractivo (e incluso fascinación) que produce el insulto, la descalificación del otro.

No obstante lo anterior, la forma en que se comporta Trump está generando odio en infinidad de personas de muchos países del orbe. Lo peor es que como espeta sus irreflexivas consignas en las redes sociales, los mensajes llegan de inmediato al mundo entero y, por su investidura, lo que él dice como presidente de los Estados Unidos se toma como proveniente del país, pues es pronunciado por un jefe de estado y de gobierno.

El imprudente nuevo inquilino de la Casa Blanca está acostumbrado a opinar libremente como empresario y propietario de sus empresas. Sus opiniones pueden atribuirse a él –persona física- o a sus empresas –personas morales- que por cierto en muchas de ellas se identifican con su apellido. En esos casos hay coincidencia en las opiniones y las consecuencias de las mismas son asumidas por Trump y por las compañías de su propiedad. Sin embargo, Trump no está consciente de que lo dicho por él lo hace con la investidura del Presidente de los Estados Unidos, lo cual va en detrimento de la reputación de los Estados Unidos.

Sobre este último punto vale la pena reflexionar, pues la reputación es uno de los activos más valiosos para las organizaciones, sean éstas empresas, instituciones o incluso gobiernos de los países, misma que es vulnerable ante los desaciertos o declaraciones irreflexivas de sus representantes.

Al respecto, Justo Villafañe, profesor de la Universidad Complutense y experto en Reputación, dice que “todas las decisiones y cualquier comportamiento de un primer ejecutivo deben estar orientadas hacia la optimización de su reputación, porque todas ellas, en mayor o menor medida, a corto o medio plazo, van a influir en la reputación de la compañía, es decir, en el reconocimiento que de ésta hagan sus grupos de interés estratégicos”.

Tomando en cuenta lo anterior, otra secuela de la gestión de Trump es la estrepitosa caída de la reputación de los Estados Unidos en el Country Rep Trak del Reputation Institute, el cual mide la reputación de los 55 países con mayor Producto Interno Bruto, que indican el retorno a la “era Bush”, dejando atrás el ascenso que había tenido la reputación del país de las barras y las estrellas a la luz del “efecto Obama”, según publicó Europa Press.

El presidente de las redes sociales está poniendo en riesgo la reputación de los Estados Unidos, que tristemente penden de algún mensaje irreflexivo de su mandatario, de tan solo 280 caracteres.

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