La Organización Mundial de la Salud (OMS) realizó un estudio respecto al nivel de estrés en los trabajadores en el mundo. Encontró que México tiene el primer lugar en estrés en la oficina, por encima de países como China.

Gran parte del estrés es originado por las exigencias de los empleadores que no tienen capacidades de liderazgo suficientes para ser claros con sus empleados. También, los propios empleados tienen la causa desde sus propios procesos para realizar las tareas que se les encomiendan.

Finalmente, el entorno laboral juega un papel protagónico entre las causas del estrés. En la oficina un compañero puede contagiarte actitudes que resulten fatales en los procesos y productividad o ser tú esa persona que lo está generando. Existen al menos cinco actitudes fatales que un empleado puede tener en la oficina.

Querer cambiar a los demás

A veces en tu entorno hay procesos que has aprendido durante años. De pronto llegas al entorno laboral y estás convencido de que la forma en la que los demás hacen las cosas no es la correcta, que la tuya sí, con toda la buena intención buscas “abrirles los ojos”, que aprendan a hacer las cosas bien. Sin embargo, en realidad no hay una manera correcta de hacer las cosas, sólo diferentes formas, y aunque no tengas mala intención, tratar de cambiar a los demás se convierte en una actitud fatal cuando impones tu opinión, aún con las mejores intenciones.

Dejar para el final lo que te parece menos importante

¿Cuántas veces has escuchado la frase “Yo trabajo mejor bajo presión”? Es el tipo de colega al que se le debe insistir varias veces para que desarrolle una actividad que termina afectando en el proceso de los demás, que haga su trabajo es como pedirle un favor. Cuando eres víctima de los demás de inmediato te salta, pero a veces tú mismo estás haciendo eso y no te das cuenta. Analiza si no te das cuenta pero estás dejando las actividades que aunque no resulten prioritarias para ti, sí deberías dejarlas al inicio de la lista porque impactan en los demás.  De acuerdo con cifras de Ecofys, proyectadas por el sitio web especializado Statista, México no aparece entre las 20 ciudades con mayor índice de productividad en el mundo, el que lidera Hong Kong, precisamente por procesos engorrosos.

Compartir tus molestias

Los empleados con el foco rojo encendido de las quejas son aquellos que comunican su disgusto a la menor provocación, desde el tráfico en la mañana hasta la tardanza de la impresora. Contagian negatividad y promueven la incomodidad en los demás. Platicar todo lo que te enoja finalmente puede contagiar a los demás aún cuando esta no sea tu intención, tus enojos pueden impactar en toda la compañía, especialmente si eres un directivo.

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Imagen: Bistock

Enormes explicaciones

En la vida cotidiana las charlas con tus amigos pueden ser extensas. Sin embargo, date cuenta que no todo en la vida es igual, si bien quieres ser empático y hacer relaciones más estrechas con tus compañeros, a veces la gente no tiene el tiempo de escucharte. Reflexiona que están en un entorno laboral, con objetivos y metas a cumplir en cierto lapso, algunas veces por más entusiasta que estés por la vida de tus compañeros, simplemente no tienes tiempo de escuchar sus extensas explicaciones sobre su retardo de la mañana. Corrige esta actitud y no significa que dejes de lado toda interacción humana, pero ¡mídete!

Aguantar de más

En tu afán por empatizar con los demás y demostrar tu liderazgo a veces sueles resolver todo. Si una empleada necesita un día para estar con su familia, se lo concedes, se enfermó su hijo, se lo concedes, le duele la cabeza, se lo concedes, se le hizo tarde y no va a llegar, se lo concedes, todo en una misma semana. Cuando das de más en tu intención de ser un buen empleador, esa relación se convierte en una mala idea.

En tanto, como empleado, te piden una actividad extra, la haces, quedarte más tiempo, lo haces, capacitar a alguien lo haces, cubrir a otra persona, lo haces, todo en un periodo corto y sin que se te otorgue una compensación o nuevo puesto por ello. A lo demasiado bueno se le llama tonto, establece límites.

Aguantar de más jamás es bueno, ni en el caso del empleador, ni en el del empleado, mucho menos en la vida.