Emoticones: piedras en el camino de las relaciones

Soy analfabeta de los emoticones. Lo confieso. Tengo una aversión personal hacia esas figuritas, quizás divertidas, pero ciertamente reinas de las comunicaciones inútiles y facilistas, sí, vacías. Muchas de ellas son indescifrables y fuente inagotable de malentendidos. Como si ya no fuera bastante poco lo que nos logramos entender las personas, en medio del panorama distante de la conectividad.

Para empezar, son maneras inmediatas de responder en un chat por meramente salir del paso. Es la forma perfecta de elementarizar nuestra forma de comunicarnos. Lo grave es que, confieso, yo no entiendo la gran mayoría de esos monitos. Me refiero a las caritas. No es que vea mal, pero me mandan una carita de esas y me quedo viéndola por minutos para descifrar si está molesta, sorprendida, agradecida, enferma, desconcertada, ilusionada, enamorada, frustrada… Sí, ya sé, es la diversificación de las clásicas caritas felices y tristes.

Los emoticones nos han dado la posibilidad de expresar que no solamente podemos estar tristes o felices, ahora se abren a muchas más emociones. Pero yo no puedo entender lo que alguien me dice con una carita que se toca la cara y está como enrojecida. Me cuesta, así es, me cuesta. Y creo que al final termino por interpretar mal el mensaje, cuando no pregunto: ¿qué significa ese monito?

Y la cosa empeora cuando la gente se hace la creativa y pone hileras de monitos, tipo jeriglífico: una carita, dos tazas, un perro, un carro, una chica bailando, dos niños tomados de la mano, un huevo estrellado y otra vez un perro. Parece una tontería, pero yo quedo loca. Son tan supuestamente obvias esas comunicaciones de un solo clic, al servicio de lo rápido y práctico, que pueden no decir absolutamente nada.

Y otra vez quedamos envueltos en los benditos clichés y no salimos de ahí porque simplemente es la manera como se hacen las cosas hoy. Como siempre, todos como burros al matadero. Y el cuento es que cada uno ya le da sus propios significados a cada uno de los muñequitos. A mi, por ejemplo, me ofende la manita que dice “todo bien” o “me alegra” o “algo así”. Para mi, quiere simplemente decir “me da igual”, “no tengo tiempo para escucharte”, “no me interesa, pero quiero parecer amable”, “me da igual”, etcétera. Esos significados personalizados empeoran y enredan aún más el panorama.

Y evoluciona esta moda, trivial. Por ejemplo, las nuevas computadoras de Apple van a traer una función especial en el teclado para insertarlas. Sus creadores que, según leí, van a agregar un aguacate, una ensalada y un personaje alzando los hombros, entre 72 nuevos emojis. ¿Nos abren el espectro para decir más cosas en este nuevo lenguaje de la vanidad y la ineptitud? Yo digo que este sistema digital más bien se burla de nosotros. Y busca que seamos cada vez más básicos, nos infantiliza.

Como si no estuviéramos ya lo suficientemente lejos de los demás, embobados con las pantallitas en la mano… Yo digo ¡no a esas caritas! Son planas, plásticas, no dejan ver las intencionalidades; están preestablecidas, que es justo lo que debemos romper de nuestras formas de comunicarnos.

Los monitos que tanto se usan en los chats y en las redes son tan obvios como estúpidos y peligrosos… Abogo por volver a las palabras. Al menos escritas aunque, ¿qué tal mejor a viva voz y en un café mirándonos a los ojos?