Sigue acumulándose la herencia de patologías que nos deja la era digital. Ahora el simple entretenimiento que puede constituir los filtros para maquillar, arreglar y ambientar fotos, puede convertirse en un obsesión por la apariencia. Parece mentira, pero de veras, hoy hay gente que acude a los cirujanos plásticos porque quiere parecerse a su selfie (retocada). Sí, muchos entran a la sala de cirugía para ser retocados en la vida real. Ya sé, otra vez como de película de ciencia ficción de hace cuatro décadas.

Con estas apps podemos alargarnos la cara, blanquearnos, broncearnos, afinarnos los pómulos, hacer los labios más o menos gruesos, redondear los ojos y perfeccionar la sonrisa a lo Hollywood. Son bisturíes virtuales que ciertamente están llevando a la gente al quirófano para parecerse a sus resultados. Este fenómeno está creciendo y ya tiene nombre y todo, como se publicó en la revista JAMA de cirugía plástica: dismorfia de Snapchat.

Lo que me temo es que el síndrome se expande a otros niveles. Se proyecta un yo, con un estilo de vida, unos gustos, un discurso o un silencio, una fachada, un modus operandi digital y luego quizás ese yo digital ya no termina apareciéndose al yo real. Como si el mundo virtual nos diera la posibilidad de proyectar el personaje que quisiéramos realmente ser, no solamente físicamente, sino en términos de carácter y postura ante la vida.

Como si esa posibilidad de exhibición y ese crédito o descrédito que de ahí deriva nos ofreciera un lienzo en blanco. Más aún cuando cada vez la gente se identifica más con los likes que pone o la nota que repostea que con la posibilidad de real de tomar un café y darle un abrazo a un 10% de la gente que nos rodea en la digitalidad.

Es aterrador, y no es solamente mi paranoia de Picapiedra. Los estudios lo ratifican: la Royal Society for Public Health ha concluido que Instagram le hace verdadero daño mental a la gente joven, después de entrevistar a 1,500 personas entre 14 y 24 años. Los resultados exponen que hoy los chicos se sienten más preocupados que nunca por su apariencia física y la aceptación de los demás de la misma; sufren de insomnio y ansiedad por este motivo; y se elevan las cifras de depresión y de sensación de soledad profunda.

Es que no es para menos. Ellos son los nativos digitales que siempre han vivido con una identidad que se encuentra más posicionada en las pantallas o en los muros y perfiles que en las apariciones en carne y hueso. Muchos, e incluso uno mismo, tiene conocidos y ´amigos virtuales´ durante años o por siempre, que solamente va a formar parte de nuestras relaciones digitales y a quienes jamás les veremos la expresión de los ojos en vivo y en directo.