Chat para hablar con el muerto

La tecnología me sorprende a cada instante. Para bien y para mal. Pero acepto que sí tiene mucho de fascinante esta época digital que nos tocó en esta vida.

La tecnología me sorprende a cada instante. Para bien y para mal. Pero acepto que sí tiene mucho de fascinante esta época digital que nos tocó en esta vida (por si hay más…). Ahora quedé boquiabierta con la emprendedora rusa que creó un chat-robot, una App, para seguir conversando a diario con uno de sus grandes amigos que murió hace un par de años.

Ella se llama Eugenia Kuyda y fue la fundadora de una startup de inteligencia artificial conocida como Replika. Gracias a esta experiencia, su equipo creo un alter ego virtual de su amigo a través de la integración de miles de mensajes de chat y texto, mails, comentarios en las redes, y toda la información posible que pudiera armar su personalidad a partir de su rastro digital.

Así, tal cual, como lo leen. Ellos siguen chateando y el robot contesta cada vez de forma más genuina como él. ¿Vamos a poder perpetuar las relaciones más allá de las ausencias? ¿Nos aprenderemos a relacionar con robots de la misma forma que con las personas de verdad? ¿Los robots van a parecer cada vez más personas espontáneas y reales? ¿Somos también las cientos de huellas que vamos dejando en la red?

Sólo esa noticia me disparó las preguntas y, por qué no decirlo, los temores. Siempre sale a flote mi grinch digital para intuir el lado oscuro, incierto o misterioso de la cosa. Lo que no tiene marcha atrás es que es posible seguirnos comunicando con los que ya no están, o creer que lo seguimos haciendo. Desde la herida emocional de un duelo, quizás suena bien, es un pañito de agua tibia, por qué no. Aunque quizás en el fondo obedece a la terquedad humana de no saber soltar.

En esta era digital da la impresión de que todo se puede. Sus alcances nos convierten de algún modo en semi-dioses, nos otorgan poderes y nos hacen creer que no hay límites, pero a la vez, seamos francos, nos disminuye, nos encierra en nosotros mismos y la inutilidad de las pantallitas, nos evade de la realidad y nos rapa cada día más el contacto con las pieles.

Paradójico, frente a sus alcances somos todo y nada. Más nada que todo, creo yo.