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Promociones: Percepciones

En el tema del lenguaje resulta muy fácil: cuando se detecta lenguaje inoportuno, el algoritmo lo detecta y aplica una determinada consecuencia. Sin embargo, en temas más específicos como el respeto y la inclusión, el asunto se complica un poco más.

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LA ÉTICA DE UN ALGORITMO

Por: Carlos Herrero

Es muy fácil criticar las redes sociales. Culparlas de una buena parte de los males de la humanidad. Achacarles que irrumpen en la comunicación e interacción de los seres humanos. Que rompen y alejan.
Pero como todo en la vida humana, se da una bipolaridad. Todo depende del buen uso en todos los sentidos que se haga de ellas. El buen uso, o el sentido común no requieren explicación, se entienden por sí mismos.

El mes pasado apareció en redes la noticia del fallecimiento de Benedicto XVI. Corrieron ríos de comentarios en redes. Lo real es que esta noticia falsa se aclaró en segundos. Eso tardan las redes en verificar una verdad, un comportamiento, una situación: segundos. La comunidad que se reúne en torno a una red reacciona de manera tan inmediata que el análisis informativo, legal o ético; no requiere de grandes procesos.

Hace unos días escuché a un especialista en redes sociales hablar de la ética del algoritmo. Sabemos que las redes sociales y en general toda plataforma digital funciona con algoritmos determinados que recaban, seleccionan y analizan datos. Parece relativamente sencillo que los algoritmos detecten conceptos predefinidos de ética y legalidad y actúen en consecuencia con los infractores.

El algoritmo, obviamente desconoce y no es consciente de la ética o de la legalidad. Tiene que existir una mente humana que defina los mínimos legales y los máximos éticos detectables.

En el tema del lenguaje resulta muy fácil: cuando se detecta lenguaje inoportuno, el algoritmo lo detecta y aplica una determinada consecuencia. Sin embargo, en temas más específicos como el respeto y la inclusión, el asunto se complica un poco más.

Un consultor de tecnología afirmaba que lo que puede estar escrito en un cuaderno puede formar parte de un software, de un algoritmo. Pues bien, hay que ponerse a crear insights éticos y legales para que los algoritmos puedan detectar y actuar cuando se encuentre algo relevante.

Hace algunos años, TV Azteca decidió (siguiendo un concepto de Karl R. Popper) certificar éticamente a todo su personal. Los años no hubieran sido suficientes para certificar a más de 5,000 empleados. Se decidió, por ello, establecer una certificación digital con un sistema multirespuesta y con ejemplos “en vivo”. El resultado fue muy positivo. Quizá no se aplicó el método socrático de pregunta – respuesta que genera más convicción, pero al menos se llegó a ofrecer un conocimiento suficiente del código ético de la empresa y la forma de aplicarlo.

El ejemplo es válido para otras acciones de carácter ético. La ética de las redes es ciertamente inherente a la comunidad que vive en ella. Esa misma comunidad reacciona de inmediato frente a los atropellos más claros de la libertad, la democracia y la verdad; pero no siempre queda a salvo el bien individual de las personas que construye a su vez el bien común.

La ética del algoritmo puede funcionar muy bien, si quienes están detrás poseen un conocimiento ético universal y asumen el compromiso de cumplirlo. El algoritmo seguirá siendo binario y repetitivo, pero tendrá instrucciones adecuadas al buen manejo ético y legal.
Siempre es un buen momento para medir el status de las redes sociales en el aspecto ético. Lo que no se mide, no se valora, no se mejora y en consecuencia no se crece.

La ética del algoritmo no debe constituirse en un sanedrín o en una camisa de fuerza sino debe contribuir a consolidar un estilo en el que la apertura de toda red construya precisamente mejores seres humanos, también en el entretenimiento legítimo.

Quién lo iba a pensar. Se puede insertar la ética en el corazón de internet y de la tecnología. Sería el sueño de filósofos como Aristóteles, Kant o Tomas de Aquino.

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