¿Por qué la Academia duda de celebrar una ceremonia del Oscar en 2021?

El volado está en el aire. El 28 de abril la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas anunció un cambio temporal a sus reglas: películas estrenadas en streaming podrán competir por la estatuilla en su emisión número 93 a celebrarse el 28 de febrero. La medida responde obviamente al cierre de salas alrededor del mundo desde marzo y posiblemente hasta julio. Ahora la discusión que está en el aire es si habrá ceremonia.

La medida de cancelar el premio puede sonar exagerada, pero en realidad es un reflejo de las múltiples maneras en que una industria de millones de dólares se ha visto afectada y cuyas consecuencias van más de lo que puede vislumbrarse en una primera instancia. Antes de discutir las causas por las cuales podría tomarse tal medida conviene recordar que más allá de reconocer a lo mejor del cine, el Oscar es también un mecanismo que ayuda a promover talentos y proyectos, y el momento de constatar una postura política, social y cultural. Ya lo dice Darren Criss en su personaje de Raymond Ainsley en la serie “Hollywood”, “las películas no muestran cómo es el mundo, sino cómo puede ser” y vaya mensaje que se daría si no hubiera una ceremonia.

Ahora, la primera razón por la cuál el tema está sobre la mesa tiene que ver con el número de títulos que verán la luz en las salas, pues si bien por única ocasión podrán competir títulos estrenados en streaming, la realidad es que una gran mayoría de los estrenos con mayor potencial han sido reagendados o lo serán en próximas fechas. Los principales estudios movieron sus estrenos principales del año par los últimos cinco meses del año o para el próximo, desatando con ello una reprogramación que ya llega hasta 2022. Si bien es cierto que muchos de esos títulos tenían un perfil específico, acorde al periodo en que se habrían estrenado, y que la mayoría de los que tienen mayores posibilidades se estrenan a partir de agosto y se incrementan conforme se avanza al final del año, la realidad es que hay otro eslabón de la industria que también se ha visto gravemente afectado: los festivales.

Usualmente a los festivales se les asocia con alfombras rojas, premieres y premiaciones. Y sí, eso sucede, pero lo que pasa detrás de cámaras es tanto o más importante. Un festival de cine es en realidad un mercado de películas, ya sean proyectos que requieran financiamiento o filmes ya producidos sin distribución. Entonces, es un primer escaparate que funciona en varios niveles. Cada festival tiene un perfil particular y prácticamente suceden a lo largo de todo el año, aunque se número se incrementa la última mitad del año. Es así como títulos independientes, como “Boyhood” o “Get Out”, comienzan a llamar la atención en un festival como el de Sundance, mientras que otros son apuntalados de manera más definitiva gracias a festivales como el de Cannes, el de Berlín o el de Venecia. La ganadora en la más reciente emisión (“Parásitos”) tuvo su estreno en Cannes, la de un año antes (“Roma”) en Venecia. Algunos festivales, como Cannes han cancelado ya su emisión de este año, mientras que otros como Venecia (a efectuarse en septiembre) aún vislumbran la posibilidad de efectuarse; Tribecca, por ejemplo, será en línea. Los festivales ayudan, por ende, a darle visibilidad a cinta independientes y producidas fuera de Hollywood.

La alternativa de nuevo es el streaming y eso trae otra discusión digna de un debate y análisis que bien puede tomar horas y horas y del que ya se ha hablado en este espacio antes. En pocas palabras se reduce a que el modelo de negocio del cine se sustenta principalmente por el estreno en salas. Hay esfuerzos que han probado ser rentables como “Trolls World Tour”, pero la duda sigue sobre qué tanto es una alternativa para sostener títulos cuya inversión es alta (100 millones de dólares o más); qué tanto está dispuesto el público a pagar por una experiencia “más cómoda”, pero que no permite disfrutar la película de la misma manera (imagínense ver cualquier película de super héroes en una pantalla pequeña, que vaya, sucede, pero pierde la espectacularidad para la que fue hecha); qué tantas cintas querrá pagar cuando algunas plataformas ya ofrecen estrenos por el costo de la mensualidad, es decir, no se requiere de un pago adicional. Y eso pone sobre la mesa otra cuestión, qué tanto habrán sido vistas las películas bajo este esquema, pues, por un lado, hacen accesibles ciertos títulos como sucedió con Netflix en la más reciente entrega (“Historia de un matrimonio”, “Klaus”, “El irlandés”), pero, por otro implica el tener acceso a más plataformas y a ciertos títulos con un pago extra. El número de servicios que una persona está dispuesta a tener es todavía incierto, aunque se estima en un máximo de tres. Al menos las películas que combinan cierto elemento comercial con otro artístico (“Joker”, por ejemplo) se vuelven todavía más esenciales para Oscar, pues en gran medida ello influye en qué tanto público verá la ceremonia. 

Volviendo a la discusión del rol del cine, quizás el elemento más relevante que debe o ya considera la Academia está en el mensaje que estará dando de confirmar o no la ceremonia. En años recientes Hollywood se ha convertido en una voz fuerte y de peso para hablar de inclusión, para denunciar malos tratos o discriminación, para resaltar la labor catártica, inspiradora y transformadora del arte y en ese sentido la ceremonia 93 se ofrece como el escenario perfecto para hablar de un momento histórico. En cualquier caso, habrá que esperar… la moneda está en el aire.

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