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Empresas implementan microchips a sus empleados ¿en dónde queda la privacidad? 

Desde hace un par de años, diversas empresas principalmente en Europa y de manera aislada en otras partes del mundo, han optado por implantar -de manera opcional- en sus trabajadores chips de reconocimiento y de acción a corta distancia.

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tecnología

La irrupción de nuevas tecnologías no sólo trajo la posibilidad de conectar y automatizar un sin fin de actividades. La necesidad de controlar todo aquello que pasa se ha convertido en un tema sensible en todos los niveles de la cadena de valor.

Hasta 2014, cerca 50 personas en los Países Bajos tenían un microchip implantado en sus manos.

El consumidor exige acceder a soluciones más precisas a sus necesidades inmediatas bajo sus propios términos de espacio, tiempo e intención; en consecuencia, las empresas buscan tener mayor dominio sobre toda la información disponible sobre sus públicos de interés.

Tan sólo durante el último año, el número de empresas enfocadas a la comercializaron de productos de software que recogen y analizan datos aumentó de 2 mil a casi 3 mil 700, lo que representó un incremento del 80 por ciento.

Estas tendencias han favorecido el nacimiento de nuevas dinámicas de relacionamiento en diversos niveles, mismos que ahora parecen dar un giro interesante, lleno de oportunidades, pero también de grandes retos en el terreno laboral.

Los avances en tecnologías de reconocimiento y almacenamiento de datos podría llevar a empleadores así como empleados a jugar -en un futuro no tan lejano- en un campo de acción minado, que a la vez podría ser una grave amenaza para el principal activo de valor en la era de la hiperconexión: la privacidad.

El precio de la conveniencia

Desde hace un par de años, diversas empresas principalmente en Europa y de manera aislada en otras partes del mundo, han optado por implantar -de manera opcional- en sus trabajadores chips de reconocimiento y de acción a corta distancia, con lo que los empleados pueden registrar su entrada o salida, comprar refrigerios en la cafetería de la compañía, desbloquear sus equipos de trabajo o hacer uso de ciertas herramientas en el lugar de trabajo.

Uno de los casos más relevantes ha sido el de Epicenter corporativo belga que alberga a más de 100 empresa con poco más de 2 mil empleados y que desde 2015 comenzó a implementar este tipo de dispositivos entre su capital humano. Actualmente, dentro de la empresa ya son 150 trabajadores quienes realizar parte de sus labores a través de estos microchips que con el tamaño de un grano de arroz e instalado entre el dedo pulgar e índice utiliza una tecnología Near Field Communication (NFC, comunicación de campo cercano), para ejecutar funciones similares son contacto a las que ahora tarjetas de crédito y algunos smartphones realizan.

Misma línea siguió una empresa de Wisconsin llamada Three Square Marketing que con estos microchips permitirá a sus empleados, entre otras cosas, comprar bocadillos. La organización espera inyectar estos dispositivos a cerca de 50 personas que han aceptado esta forma de interacción.

Los microchips para trabajadores se pueden adquirir en China desde 20 centavos de euro la unidad, pero los que escogieron en NewFusion se fabrican en Estados Unidos, cuestan 100 euros y vienen con un set de instalación esterilizado.

Patrick Mesterton, cofundador y director ejecutivo de Epicenter, ha detallado para diversos medios que “el mayor beneficio que veo es conveniencia (…). Básicamente remplaza muchas cosas que tienes, otros dispositivos de comunicaciones, ya sean tarjetas de crédito o llaves”.

No obstante, la realidad es que este fenómeno que parece crecer con ritmos importantes entre compañías de todo tipo a lo largo y ancho del planeta, plantea interrogantes relevantes en términos de privacidad y seguridad.

¿La ficción de 1984 hecha realidad?

Si bien la implementación de estos chips es segura desde el punto de vista biológico, la realidad es que hace tangible la ficción que George Orwell escribió en su novela 1984. La existencia de una vigilancia omnipresente, un vigilante supremo personificado en un “Gran Hermano” así como el posible nacimiento de cuerpos policiacos ‘del pensamiento’ son ideas que ganan peso.

Estos chips además de facilitar ciertas tareas y actividades son capaces de generar datos que, por ejemplo, podrán medir la frecuencia de asistencia de un empleado a su lugar de trabajo, los descansos que toma a lo largo de su jornada y lo que hace durante estos espacios así como aquello que compra y lo que no.

Aunque existen otros dispositivos y herramientas con la capacidad de bregar información certera sobre estos movimientos, la diferencia radica en que una persona no puede puede deshacerse del chip con la misma facilidad que lo haría de su smartphone o de una tarjeta de chequeo.

Cerca de la mitad de los consumidores asegura que gracias a los avances tecnológicos la privacidad ya no existe, según un reporte firmado por Ericsson.

La sensibilidad de la información que resguardan este tipo de chips ‘pasivos’ – es decir que contienen información que puede ser leída por otros aparatos, pero no pueden leer información por si solos- será un tema importante a tratar.

No sólo podría rastrearse los movimientos dentro del lugar de trabajo; información sobre la salud del empleado o su ubicación en todo momento, también podrían ser asuntos que quedarían registrados.

De privacidad, hackers y nuevas fuentes de información

Esta tecnología no es nueva; el registro de mascotas, embarques o los pagos con dispositivos inalámbricos han sido antecedentes claros. Sin embargo, hablamos de un terreno de adopción totalmente distinto que pone sobre la mesa grandes preguntas sobre lo que sucede con esa información, quién puede tener acceso a la misma y con qué propósito.

A pesar de que el número de personas que posee un chip de esta naturaleza es bajo -a nivel mundial se estima que durante 2014 el total de usuarios ascendía a 2 mil personas-, lo cierto es que crece a ritmos acelerados, tendencia que dará a la privacidad y seguridad de la información un nivel aún más prioritario.

Al tiempo que la era de la conectividad avanza, la delincuencia cibernética también lo hace. Se trata de un mal que ascenderán a 6 mil millones de dólares en 2021, de acuerdo con Juniper Research y Cybersecurity Ventures.

Aunque en un principio se trataba de una problemática que parecí no trascender a las grandes corporaciones, hoy es un asunto que concierne de manera directa a los usuarios comunes. Los casos de secuestro de información o robo de identidad van en aumento; con dispositivos capaces de rastrear información más sensible sobre sus portadores el incremento de estos delitos será cada vez más acelerado.

Al entender a los empleados como el primer cliente de la marca, las empresas que adopten esa nuevo giro en la gestión del capital humano sustentado en el seguimiento e implementación de microchips estarán obligadas a transparentar aún más sus acciones, decisiones y movimientos, para captar y retener al talento que su organización necesita para subsistir.

Hablamos de una tendencia que en los siguientes dos años se potencializará sobre todo entre los usuarios de 25 a 44 años y que en la actualidad se materializa en un 39 por ciento de usuarios que afirma borrar las cookies para que una web no los recuerdo o bien un 14 por ciento de personas que utilizan algún servicio anti-rastreo para evitar que las empresas den seguimiento a su actividad, de acuerdo con estimaciones de Global Web Index.

De igual manera, los datos que los empleados están dispuestos a otorgar deberán ser entendidos como un activo más que demanda un pago más allá de incentivos simbólicos. Aunque las empresas que ya implementan esto chips en su fuerza laboral afirman que el rastreo de actividades no es uno de los objetivos primarios de estas iniciativas, la realidad es que se mantiene como una posibilidad latente, misma que en tiempos en los que los datos mandan se traduce en una nueva opción para estudiar al empleado que no deja de ser consumidor sobre niveles más profundos.

Al respecto es preciso mencionar que el 27 por ciento de las personas estaría dispuesto a vender su información a las empresas, en donde el 41 por ciento cree que dicha data tiene un valor superior a los 745 dólares al año.

El contexto que se plantea a futuro es interesante. El correcto manejo de la privacidad será pieza clave para atraer y retener nuevos talentos en momentos en los que las empresas están obligadas a transitar hacia una gestión alineada a los avances tecnológicos para mantener su rentabilidad. Convertir esta exigencia en un factor que aporte valor a la organización como empleadora será el gran desafío.

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