Cifras entregadas por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) revelaron que el porcentaje de mexicanos que no pueden adquirir la canasta básica alimentaria en el país pasó de 40 a 41 por ciento entre 2016 y 2017, lo que significa que existen 50 millones 880 mexicanos que viven en una situación de pobreza salarial.

El aumento se materializó en la adición de un millón 821 mil 014 personas, fenómeno que es consecuencia de la elevada inflación (6.77 por ciento) que experimentó el país durante el año pasado que provocó que se redujera el poder adquisitivo de los trabajadores.

La realidad que reflejan las cifras anteriores suponen nuevos retos para la industria de la mercadotecnia y la publicidad. Las marcas deberán, ahora más que nunca, mostrarse como aliadas para consumidores inmersos en un contexto de inestabilidad económica, que quizá se verá agravada por el proceso electoral y la renegociación del TLCAN.

Heriberto López, CEO de El Instituto de Investigaciones Sociales, refiere que “como los consumidores de todo el mundo, el consumidor mexicano está asustado y temeroso frente a las noticias recientes sobre la economía mundial. Adicionalmente las condiciones sociopolíticas del país incrementan esta percepción de desconfianza e inestabilidad. Hoy más que nunca los consumidores mexicanos están repensando sus decisiones de compra y ajustando a las coyunturas que cada vez son más permanentes”.

De acuerdo con Kantar WorldPanel, las marcas blancas acaparan el 48 por ciento del gasto total de las familias en Europa.

Las dinámicas de consumo se verán afectadas y ciertos hábitos ganarán fuerza. Por ejemplo, cifras publicadas por Gondola Digital, revelan que la predisposición a comprar en promoción se ha elevado durante los últimos dos años un 4 por ciento, número que se eleva a más del 20 por ciento cuando se habla de hogares que suelen adquirir productos y marcas de menor precio.

En la misma línea, las marcas blancas -también conocidas como genéricas o propias- podrían tener oportunidades importantes de consolidación gracias a la percepción de menor costo que estas traen consigo.

No obstante, hablamos de una categoría que en América Latina -por lo menos- tiene mucho camino por recorrer aún cuando se estima que el 59 por ciento del gasto en la región está destinado a marcas medium y low, de acuerdo con Kantar WorldPanel.

Como ejemplo y con el fin de ponerlo en contexto, basta con recordar que en México -una de las potencias económicas y de consumo en América Latina- ocho de cada 100 pesos se destina a la compra de marcas propias, de acuerdo con Nielsen, mientras que en el caso del mercado español el 53 por ciento de los compradores asegura utilizar en sus hogares “muchos” o “bastantes” productos de marca blanca, según un estudio de Simple Lógica.

Es evidente que las marcas blancas no parecen ser la solución a la sofisticación que implican las compras -más cautelosas e informadas- de los consumidores, las cuales dan al factor precio significados más grandes a ‘caro’ o ‘barato’ para relacionarlo con valores percibidos como la calidad, status, funcionalidad y filosofía de cada firma, con lo que las marcas deberán dejar la imagen de ser sólo de menor costo para capitalizar su presencia en el mercado.

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