Rumorología, desinformación y paranoia en tiempos hiperconectados

Vivimos un momento inédito en cuanto a comunicación se refiere, disponemos de un bonche de canales de comunicación que nos permiten estar disponibles 24 horas al día para los demás, y nos da la oportunidad de conocer lo que pasa en cualquier lugar del mundo casi al instante en que ocurra.

Sin embargo, a pesar de que el futuro nos ha alcanzado, parece que los propósitos de este paradigma comunicativo se retuerzan al grado de volverse contraproducentes: estamos conectados, pero nuestra comunicación es deficiente, tenemos herramientas para emitir y recibir información de nuestro entorno, pero esto permite la circulación de datos incorrectos.

Un perfecto ejemplo de lo que aquí analizo se vivió la semana pasada en México, cuando nació, creció y se fortaleció un clima psicótico surgido a raíz de las protestas populares derivadas del alza al precio de la gasolina.

A pesar de que, en un inicio las manifestaciones de rechazo ciudadanas parecían legítimas, posteriormente escalaron a un tipo de protestas poco o nunca visto antes en México: una ola de saqueos a centros comerciales, en un presunto acto de descontento social, que poco aportó a la auténtica lucha.

A raíz de esto, un clima de paranoia fue alimentado desde las redes sociales y los servicios de mensajería, con tristeza nos dimos cuenta que las poderosísimas herramientas que nos regala la era digital para informar y construir una unión ciudadana en situaciones como esta, se convirtieron en un arma que nos perjudicó como sociedad.

La maligna pareja de desinformación y rumorología triunfó para hacernos ver que aún carecemos de capacidades comunicativas que nos sirvan para construir, y no todo lo contrario.

No obstante, sería mezquino adjudicarnos como sociedad toda la culpa de no haber fomentado una comunicación eficaz pues la forma en que han venido ocurriendo los acontecimientos han provocado que en el ambiente flote un tufo extraño que sugiere una manipulación con las negras intenciones de desactivar las propuestas reales, orquestado desde las altas esferas de las autoridades.

La idea parece menos descabellada, si echamos una mirada a nuestra historia — particularmente las épocas en que el PRI ha gobernado el país — para darnos cuenta que hay prácticas maquiavélicas que sobreviven a sexenios, a décadas y a avances tecnológicos en materia de comunicación.

El miedo es una herramienta extremadamente poderosa, que, utilizado desde el poder, es capaz de apaciguar las más grandes intenciones de manifestar cualquier descontento ciudadano.

José Luis Sampedro, escritor, humanista y economista español, afirmaba que el gobernar a base de miedo “es algo eficacísimo, hace que no se reaccione, que no se siga adelante, es mucho más fuerte, desgraciadamente, que el altruismo, el amor, la bondad”.

La realidad es que el miedo fue un negro recurso que logró que, deliberadamente o no, el eje de la situación pasara de ser “protesta” a convertirse en “saqueos”.

Lo que ocurrió pues, la semana pasada, queda como experiencia en la historia de la comunicación en nuestro país. Las herramientas que en otras latitudes han servido para levantar revoluciones y deponer dictadores, fueron mal usadas por nosotros, y muy probablemente por los más poderosos, para desactivar un real entorno de descontento que parece que no verá un fin en un futuro cercano.

Así, después de la experiencia, a esta sociedad le resta decidir si utiliza con inteligencia los valiosos recursos de comunicación que están a su alcance, o por el contrario, se deja manipular por éstos.