El reto es liberarse del yugo de la conectividad

Ya parece un cliché hablar de desconexión y de apego enfermizo a nuestros aparatitos, extensión de los dedos. Pero en realidad no lo es. Leía sobre esa nueva tribu urbana, que empiezan a reconocerse como tal en Europa: los “desconectados”. Esos que un día decidieron cortar con su conectividad digital o en otros casos, hacerla una mera herramienta pero no cimiento de sus vidas emocionales, laborales, amorosas, domésticas, sociales, sexuales, etcétera.

Seguro que en todas partes están los desconectados, pero sueltos, desgranados, como anónimos inteligentes que tomaron la sana y radical  decisión de cortar por la raíz, ese yugo. De abrir los ojos y lanzarse sobre el preciado aparato a ver quien saluda: dice buenos días, responde, cliquea, añade un “me gusta” o un comentario; es decir, sostiene la enorme farsa de que estamos unidos por esa gran red permanente e instantánea.

Como bien lo he expresado yo como una “tibia desconectada o medio desconectada” es que rechazamos las relaciones que imponen las redes sociales. El eterno discurso, más cierto que lo cierto, de que ya no nos vemos a la cara sino en las letras de unas pantallitas, ya no nos tocamos ni nos besamos, ya no hay tiempo para pláticas en cafés o cantinas, todo se puede decir en un renglón o con un emoticon.

Los desconectados se conectan lo justo y necesario. No son personas mayores, son nativos digitales que siempre han tenido la sombrilla de Internet como modo de vida, es lo que ha habido siempre para ellos, pero un día decidieron que pesan más las cadenas de las responsabilidades virtuales, a la vez que les llenan menos el corazón, que las experiencias de la vida real.

Otra de las poderosas razones para convertirse en un desconectado tiene que ver con el pánico que a muchos les produce, la sensación de estar siempre observados, controlados, vistos. Esa intimidad transgredida porque siempre estás disponible. Esa intimidad que se expone sin calzones en los muros del estatus y la reputación construida.

En mi opinión, los desconectados son bien valientes y tienen el sentido de la libertad como bandera de vida. Quieren intentar ser y existir sin perfiles, likes, matchs, chats, palomitas grises o azules y todas esas restricciones que nos hacen la vida quizás más práctica, pero, ¿más feliz?

¿Usted se atrevería a desconectarse? Yo estoy a un paso.