Recordar es comprar de nuevo (así como lo hace Disney)

Disney está actualizando sus productos, trayéndolos a nuevas generaciones, uniéndolas con las anteriores y con ello invitándolos también a ver (o rever) los filmes originales.

“Hacer nada frecuentemente lleva a la mejor manera de algo” le dice Winnie Pooh a Christopher Robin en “Christopher Robin: Un reencuentro inolvidable”, y ésa parece ser la filosofía de Disney tras refrescar a sus personajes clásicos con versiones en live action de los filmes originales o bien contándolas bajo una nueva perspectiva.

Y claro, tanto como hacer nada, no, pero aprovechar un producto ya familiar para la audiencia evita arriesgarse con un producto por completo nuevo, aprovecha la nostalgia y ayuda a superar barreras generacionales.

“Christopher Robin” se concentra en el amigo del oso amarillo en su edad adulta y en cómo debe recuperar la frescura y alegría de su niñez, pero es un cuento con todas las de la Ley e incluso sus primeros minutos dan cuenta de ello al recurrir a las ilustraciones de los originales.

En 2014, “Maléfica” contó la historia de “La Bella durmiente” con una perspectiva completamente distinta que tendrá continuación en 2020. “La Cenicienta” (2015) y “La Bella y la Bestia” (2017) se han apegado más a las originales, aunque matizando más el rol de la mujer, empoderándolas y dejando atrás aquello de que “todos tus problemas se resuelven porque un hombre apareció” como justo se burla en uno de sus próximos filmes, “Wifi Ralph”.

Lo que Disney está haciendo, al “hacer nada” es dar vigencia a sus propiedades más preciadas y con ello manteniendo la máquina registradora timbrando y timbrando. Baste ver una versión más de “El cascanueces” en “El cascanueces y los cuatro reinos”, aunque claro, algunas funcionan mejor y otras no tanto.

A Disney le ha ido bien. Por ejemplo, con “La Bella y la Bestia” recaudó más de un billón de dólares, pero no todos han corrido con la misma suerte. Universal ha buscado repetir la fórmula sin tanta suerte.

“La momia”, filme que pretendía relanzar a su elemento distintivo, los monstruos, se hizo de 409 millones de dólares con un presupuesto de 125 millones de dólares (BoxOfficeMojo).

Y sí, quizás no suena tan mal, pero si se piensa que ése sólo es el costo de producción y hay que sumarle al menos un 50 por ciento de su costo en marketing, los números cambian y las ganancias se reducen. Tan es así, que ese universo y ese interés por recordar se quedó, al momento, en buenas intenciones.

Definitivamente Disney ha encontrado la mejor manera de hacer “algo” y algo muy efectivo. Está actualizando sus productos, trayéndolos a nuevas generaciones, uniéndolas con las anteriores y con ello invitándolos también a ver (o rever) los filmes originales, por no decir todo aquello relacionado con los personajes en cuestión.

De esa manera, en realidad, más allá de la película que resulta un detonante, se abre la puerta para una línea de productos cuyo límite está en la imaginación: juguetes, blancos, espectáculos.

Ése hacer nada es tanto un modelo de negocios como una estrategia de mercadotecnia por demás efectiva como demuestran las taquillas y ventas de los productos relacionados. Así, esa historia que había terminado para los papás, ahora se abre de nuevo y tiene un nuevo “fin”.