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Ya no es un asunto raro que personajes de la iniciativa privada formen ahora parte del gobierno y que personajes de la administración pública, otrora bendecidos por el presidente en turno, sean parte (o regresen a formar parte) del sector privado.

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A final de cuentas, la línea que separaba ambas actividades se juntó desde que ya todos buscan un beneficio que se traduzca en utilidades (desafortunadamente personales en el caso del sector público).

Cabilderos

En México hay un sólo tipo de cabildeo pero ejecutado por dos tipos de cabilderos, me explico: El cabildeo tiene por objeto el influir en el poder público —ejecutivo o legislativo— para, a través de la emisión de leyes o decretos, favorecer determinados intereses, particulares o públicos, que pueden beneficiar a una empresa o grupo de empresas que promueven una ley determinada y que además traerá consigo beneficios públicos (como por ejemplo, si las empresas que se dedican al tratamiento de aguas logran que por ley toda construcción que se haga en una metrópoli como la ciudad de México se obligue a tener una planta de tratamiento de agua residual para abatir la escasez del líquido —cosa que no se le ocurre ni de broma a los legisladores—); pero esta práctica también pueden favorecer a otro tipo de empresas que, sin menoscabo del perjuicio que puedan ocasionar a la población (como el sonadísimo caso de las cigarreras estadounidenses en los 80’s), se salgan con la suya y hasta lleguen a la corrupción como un método de “influencia” más directa.

Ética

Sin embargo, como mencionaba, hay dos tipos de cabilderos: Quienes a través de un trabajo serio de relaciones públicas buscan la base social como soporte a su trabajo de influencia y quienes se ostentan como cabilderos profesionales (casi siempre miembros distinguidos de la administración pública, que terminaron su ejercicio y no cuentan con un reacomodo razonablemente remunerativo en ese sector), que hacen su trabajo sin la menor consideración ética.

En este sentido, la ética en nuestra profesión se dimensiona aun más y no pretende otra cosa que la valoración de nuestros actos con respecto al sentir común de una sociedad ya de por sí lastimada por las decisiones de quienes administran (o han administrado) el gobierno.
Nada nos debe impedir como profesionales, rescatar las causas que sean justas a la vista de nuestra sociedad.

En México

Hace unos años, una diputada federal del Partido Acción Nacional (y quien casualmente era la esposa del —a la sazón—, presidente de ese partido), me dijo con toda la convicción posible que en nuestro país no existía el cabildeo.

Debo confesar que busqué por todos los medios no faltarle al respeto con la carcajada que solté ante lo que no sabía si era una clara muestra de cinismo o de una ignorancia absoluta. No importa de qué partido sean, siempre reaccionarán igual.

Y es que en nuestro país la doble moral es moneda de curso. Por un lado están esos políticos que siempre buscarán la manera de sacar provecho de su posición (ya sea como miembros o al frente de alguna comisión) y argumentando no saber nada al respecto y, por otro lado, quienes sin el menor asomo de ética sacan el mayor provecho posible dadas sus afiliaciones como ex miembros de un gobierno.

Un personaje ficticio

Imaginen ustedes a un personaje que se desempeñó como miembro prominente de un gobierno (al frente de una institución de salud), que regresa a la IP como director en una agencia de relaciones públicas —y que lo contratan sin importar que durante su gestión tuvo un pésimo manejo de crisis sobre un hecho muy grave (y lamentable) del que incluso se le menciona como responsable—.

Imaginen su poder de cabildeo a favor de algunas empresas relacionadas con el sector salud (como farmacéuticas —con las que seguramente tuvo qué ver cuando fue funcionario público—). Imaginen, sólo imaginen porque eso en México no pasa.

“Si el vaso no está limpio, lo que en él derrames se corromperá”, decía el poeta latino Horacio. Hasta ahora para lavar el vaso, solamente se requiere de voluntad individual y que el gobierno federal (para empezar), emprenda acciones que dejen constancia innegable de que va en ese sentido. Si esto sigue así, lavar el vaso será una tarea de proporciones épicas que nadie se atreverá a hacer.

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