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La privacidad está muerta pero hay muchos que no lo quieren admitir

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La privacidad ha muerto, no sólo a manos de los gigantes de la tecnología, también por decisión propia de los usuarios de redes sociales. Ciertamente Facebook admite que sus más de dos mil millones de cuentas podrían haber sido vulneradas, pero ni siquiera la empresa puede determinar si sucedió o no. Para las empresas de tecnología que viven de los resultados en bolsa lo único que importa son los resultados en crecimiento de usuarios y si no hay una buena cantidad de nuevos inscritos las acciones rápidamente se van a pique, si lo dudan vean el caso de Twitter que durante años ha sido atacado por no crecer en abonados.

Si de 2 mil millones de cuentas se trata hay que considerar que no ha sido Facebook el único culpable, hemos sido nosotros mismos los que entregamos —en mayor o menor medida— nuestra información al mundo digital. Nadie obligó a los usuarios; sin embargo, la presión es similar a la de fumar un cigarro en la preparatoria, al final “todos lo hacen” y en ese tenor hemos participado. Es importante admitir que el problema se seguirá perpetuando con la llegada de jóvenes al espacio digital, sin ir más lejos, para Google una persona mayor de 13 años ya es libre de tomar sus decisiones o así lo determina el Family Link un App del gigante de Cupertino que administra los perfiles de hijos, eso si, mientras no tenga más de 12 años. Spotify, Facebook y otras redes sociales también han establecido que los 13 años son suficientes para tener autonomía. En Europa se ha contemplado la opción de elevar la edad mínima a 16 años. En México, sólo bastan las 13 primaveras. La situación se amplifica de manera negativa si se considera que en muchas ocasiones son los padres los que abren los perfiles para sus hijos, aunque la edad mínima no se cumpla. No seré juez de sus acciones pero me llama la atención que no dejemos a un joven manejar antes de los 16 pero si entregamos redes sociales a un niño de 10 años. Los resultados son evidentes, integrar a jóvenes cada vez menores al público objetivo de las redes sociales tienen sentido monetario pero pierde toda congruencia si se medita en las consecuencias que tiene a nivel social. Según el periódico The Guardian las redes sociales se utilizan cada vez más como un vehículo para incitar a la violencia entre pandillas rivales en el Reino Unido.

No pretendo decir que me escandaliza el uso de redes sociales por menores de edad, todo lo contrario. El asunto central es la rendición de parte de los consumidores a la idea de tener información privada en línea, el mejor ejemplo es el número tan elevado de personas que bloquean las cámaras de sus computadores, un indicador clave de la confianza descontrolada que existe en la tecnología. Al fenómeno se suma la corriente de tratar de controlar comportamientos sociales como la corrupción a través de sistemas de cómputo. Mi pregunta es simple, si no podemos defender los datos de Facebook, ¿cómo lo haremos para blindar una licitación digital de gobierno de ser adulterada o manipulada? La verdad dura es que talvez sea imposible, en ese sentido continúa mi punto central, el consumidor no tienen expectativa real de privacidad, de lo contrario no compraría bocinas Alexa que están atentas a cada palabra que dices en el hogar para activar sus bondades.

También es cierto que si un usuario decidiera ser totalmente privado de seguro acabaría por ser descubierto por todas la tecnologías que no están en manos del consumidor común y corriente. Monitoreo en calles, aeropuertos, bancos y actividades diarias harían imposible que la idea utópica de privacidad absoluta se diera. Estamos frente a una época en la que actuamos como una red neuronal de la que no hay escapatoria. Digno de un capítulo de Black Mirror. La verdadera privacidad llegaría sólo de la mano de una desconexión tecnológica completa. Es innecesario dedicar espacio a la idea, nada menos que una invasión de alienígenas podría lograr eso. Los usuarios somos parte del problema, son nuestras acciones las que alimentan las redes sociales, es común ver a las personas tomar innumerables fotografías durante un viaje, sólo para distribuir su publicación durante varios meses en Instagram. Los consumidores no deseamos quedarnos sin contenido que compartir, es irrelevante si los receptores de la información realmente la aprecien. La mayoría de los updates de un usuario estándar se van sin likes o shares, sin embargo, se aspira a tener más amigos. Para los jóvenes adolescentes el problema se hace de mayor tamaño, cómo seremos capaces de convencerlos que es mejor vivir la experiencia que compartirla. Estamos frente a un mundo que da más valor a la percepción de la experiencia que la experiencia misma. Es una pérdida de tiempo tratar de lograr que Facebook proteja más o menos los datos, lo importante es que los usuarios mismo lo hagan. De pequeño mi madre me regañaría si perdiera un lápiz en la escuela, siempre me decía que era mi responsabilidad cuidar mis cosas. Lo mismo creo que es cierto de la privacidad, somos nosotros los que debemos cuidar —en la medida de lo posible— nuestra información y ni siquiera así estaría garantizando su integridad.

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