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La inseguridad aceptada

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Llevo días garabateando el iPad con temas productivos que me gustaría compartirles. Sin embargo, llevo el mismo número de jornadas queriéndome sacar de la cabeza (a fin de concentrarme en lo mío) los hechos acontecidos (por todos conocidos) mismos que colman todos los medios. Me pregunto, ¿cómo abrir la puerta frontal de la creatividad a nuestros temas -tan asociados a la economía y crecimiento- mientras alguien está tumbando la puerta del patio con otros de política, si bien todos sabemos que "economía y política son indivisibles"? ¿Cómo escribir algo relevante cuando cualquier concepto posible palidece ante lo inconmensurable de la información mediática?

Llevo días garabateando el iPad con temas productivos que me gustaría compartirles. Sin embargo, llevo el mismo número de jornadas queriéndome sacar de la cabeza (a fin de concentrarme en lo mío) los hechos acontecidos (por todos conocidos) mismos que colman todos los medios. Me pregunto, ¿cómo abrir la puerta frontal de la creatividad a nuestros temas -tan asociados a la economía y crecimiento- mientras alguien está tumbando la puerta del patio con otros de política, si bien todos sabemos que “economía y política son indivisibles”? ¿Cómo escribir algo relevante cuando cualquier concepto posible palidece ante lo inconmensurable de la información mediática?

Llamo a este artículo “La Inseguridad Aceptada”, pues quiero narrarles un suceso que me aconteciera recientemente. Algo muy ilustrativo, al menos para mi, de la “aún muy escasa” consciencia profesional (inclusive en nuestro medio) relativa a la privacidad; especialmente aquella digital y, muy específicamente a la exposición de las direcciones de nuestros correos electrónicos.

La cosa es que recibí (en dos direcciones de correo que utilizo) un email genérico de una amiga promocionándome un evento al cual ella consideraba debía asistir. Todos las direcciones, 88, estaban al descubierto. Yo pensaba que este descuido había quedado atrás: allá en los albores de los email’s, sobre todo por el descuido de principiantes y/o neófitos digitales. Mi amiga, sin embargo, toda una profesionista corporativa, había incurrido en esto. Para mí, como seguramente para ustedes, la privacidad de medios de contacto electrónico es, de verdad, importantísima. Un alto porcentaje de mi tiempo productivo lo paso en comunicaciones digitales y mis cuentas sufren, como muchas de ustedes, el constante asedio de hackers rusos y asiáticos con todo tipo de amenazas y/o perniciosas ofertas. El hecho de que una de mis cuentas sea difundida de forma masiva, significa su destrucción y sustitución lo cual, es una ardua tarea de reconstrucción.

Por esta razón decidí, molesto, escribir en reversa “a ella y a todos” (como ya estaban expuestos y para hacer patente como esta exposición puede ser negativa) mi reclamo advirtiendo que 88 personas habían sido expuestas de datos cruciales con otras 88 y que consideraba que esto estaba mal; compartiéndole mi molestia y preocupación. Le hablé de la necesidad de considerar la etiqueta digital en los negocios y la seriedad en estas comunicaciones. Finalmente le requerí no lo volviera a hacer.

Aquí es donde viene la razón de mi artículo. Mi amiga inmediatamente contestó disculpándose y solicitándome curiosamente, “no utilizar las direcciones de los 88 para no crear más problema”. Estaba a punto de contestarle asegurándole mi obediencia cuando, en eso, hizo su aparición otro mensaje de correo, éste, de parte de la directora del evento promocionado, disculpándose aunque enarbolando y reconociendo la iniciativa de mi amiga la cual, según ella, sólo estaba compartiendo algo importante y de mucho valor destacando su buena fe. De este correo electrónico siguieron a lo largo del día muchos más (de los 88) increpándome y atacándome por mi falta de sensibilidad y en aprecio a la autora del email original justificándola. Ellos, me hicieron saber, no pensaban como yo, compartir sus direcciones estaba bien pues eran amigos y, otras declaraciones por el estilo. No puede salir más raspado.

Consideró que la inseguridad, al menos la digital, proviene de nuestras propias acciones abiertas y descuidadas. Disculpar y condescender en iniciativas como la mencionada, por más bien intencionadas que éstas parezcan ser, es un error que lleva al esparcimiento de datos que, eventualmente, conducen a posibles ataques. Pregunto, ¿cuantas veces hemos visto entrar a nuestros buzones correos maliciosos que tienen de remitentes (creando confianza) a nuestros conocidos mismos que han sido hackeados previamente robándose listas de contactos? ¿O sea… nosotros?.

Yo no tengo problemas en recibir email marketing publicitario pues es parte de nuestra economía de mercado. Siempre y cuando el mensaje tenga la posibilidad de poder optar por “no recibir”. Aunque muchos no vienen con esta opción. Detesto correos electrónicos regulares de promoción personal, productos y/o servicios pues éstos hablan de iniciativas publicitarias sin la inversión y ética necesaria y “no se puede optar” y hay que bloquear y bloquear. Muchos de estos correos se originan por comunicaciones como la que describí.

Todo lo anterior me recuerda una experiencia: Hace tiempo hacia fila en la dulcería del cine. Llevaba tiempo haciéndolo y la función ya había empezando. Mi familia me esperaba en el interior y yo desesperaba. El servicio era pésimo, lento. Solicité en voz alta a los chicos que agilizarán las entregas causando el enojo de una señora cliente adelante de mi en la fila: .”¿No ve que están haciendo todo lo que pueden?”. A lo que contesté: “Eso me temo”. Esa señora propiciaba y condescendía en “el mal servicio”, como aquellos de los 88 que me escribieran permitiendo y propiciando “La Inseguridad Aceptada”.

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