La imagen corporativa y el código de vestimenta, ¿van siempre de la mano?

Gracias a la evolución de la moda y la aparición de prendas más sofisticadas y versátiles, se han incrementado mucho las posibilidades a la hora de vestir en un entorno laboral.

El vestuario y estilismo de los empleados puede ser muy importante para la empresa, ya que cada uno de ellos, son una parte esencial de la imagen que desea proyectar el negocio hacia fuera, con los clientes, socios y aliados.

Además, el establecimiento de normas a la hora de escoger las prendas con las que vamos a trabajar, conocido como código de vestimenta, ha sido tradicionalmente considerado por los directivos como una forma de disciplina hacia los empleados, similar al uso de uniformes en cuerpos de seguridad, militares o en determinados centros educativos.

De acuerdo con expertos en protocolo, imagen y recursos humanos, el uso de uniformes o la definición de códigos de vestimenta contribuye con el desarrollo de una identidad empresarial, una imagen corporativa e incluso puede tener un efecto positivo en la productividad de los empleados.

No obstante, no es lo mismo imponerlo que someterlo a consulta, es decir, dependiendo del departamento de la empresa o incluso del sector en el que desempeñemos la actividad profesional, será recomendable un tipo de vestimenta u otro. Por eso, lo adecuado es poder definir las normas en conjunto de acuerdo con los valores compartidos entre la empresa y los empleados.

Como en otros aspectos de la moda, en el código de vestimenta laboral, la década de los 60 fue clave, si bien no todos los sectores flexibilizaron sus cánones de imagen, sí establecieron los primeros cambios de vestuario que con el paso del tiempo repercutieron en el ámbito laboral, como por ejemplo el uso generalizado de pantalones por parte de las mujeres.

Gracias a la evolución de la moda y la aparición de prendas más sofisticadas y versátiles, se han incrementado mucho las posibilidades a la hora de vestir, de acuerdo con cada circunstancia. La gran variedad de prendas ha hecho también que se abra el abanico de opciones para los códigos de vestuario, tanto para ellos como para ellas.

De hecho, el traje ya no es necesariamente el estilismo escogido para los hombres en muchos sectores en los que tradicionalmente sí lo era. Cada vez más, vemos que muchos ambientes de trabajo integran prendas de sport o casual wear combinadas con piezas clásicamente formales. Por ejemplo, unos jeans de corte regular o rectos, combinados con una camisa, un blazer y unos mocasines, zapatos o botines de piel.

Para evitar el síndrome de la corbata y el traje, podemos incluso añadir elementos como un pañuelo de color en el bolsillo del saco, unos tirantes, un chaleco en un tejido como algodón o lana, y así, logramos convertir un look formal en uno semiformal, con el que además transmitimos cercanía, frescura y comodidad.

Para nosotras, son muchas las posibilidades, pero lo más importante de todo es que ya no es obligatorio llevar tacón o falda con saco. Podemos integrar en nuestros estilismos calzado cómodo como son las balerinas, mocasines, botines con cuña o tacones anchos.

Como sucede con los hombres, las mujeres también prefieren cada vez más, looks semiformales combinando pantalones anchos de corte diplomático o incluso jeans en color negro, para no perder la seriedad, pero no necesariamente llevar un traje de dos piezas. Además, para completar los estilismos, las mujeres preferimos introducir prendas de abrigo como trench coat, chamarras de piel o mezclilla, que también aportan un toque informal sin dejar de perder el estilo.

Es preferible que cada empleado se sienta cómodo con la ropa que lleva para ser auténtico que ir disfrazado y sentir inseguridad durante la jornada laboral, en reuniones con clientes o socios. Por eso, es bueno establecer normas, siempre y cuando no coarten la libertad de los empleados y ofreciendo la posibilidad de que estos le puedan dar un toque personal a su look.