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La crisis de las encuestas políticas

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George Gallup demostró hace 80 años que se puede predecir el resultado de una elección en la que participan millones de votantes con una muestra relativamente pequeña… siempre que esa muestra sea seleccionada mediante los métodos probabilísticos adecuados.

La exactitud de su pronóstico en las elecciones de E.U. en 1936 lo hizo famoso e impulsó el desarrollo de encuestas políticas en los países en que se celebran elecciones democráticas.

Ciertamente las encuestas políticas no siempre han sido tan atinadas como esa primera vez. El propio Gallup erró el pronóstico de la elección americana en 1948, Pero por muchos años las empresas encuestadoras se han ganado el respeto de los políticos, los medios y la opinión pública en general. Se les ve como ejercicios confiables de auscultación ciudadana.

Pero las cosas parecen estar cambiando. En el último año, ha sido notorio que muchos resultados de los sondeos previos no han sido corroborados por los obtenidos en las urnas. No se trata de un fenómeno local, sino de una tendencia que parece ser mundial. Revisaremos brevemente cinco casos.

En Argentina antes de las elecciones presidenciales de finales de 2015, Daniel Scioli aparecía como claro ganador en todas las encuestas publicadas. Pero quien resultó electo al final fue Mauricio Macri, candidato opositor que debió ganar en la segunda vuelta, pues el resultado inicial fue prácticamente un empate técnico.

Luego, en junio de este año vino la votación en Gran Bretaña. Sus ciudadanos debían decidir si permanecían o se salían de la Unión Europea. La votación final fue 52 por ciento a favor del Brexit y 48 por ciento a favor de quedarse dentro de la UE. Ese resultado contradecía el obtenido por casi todas las encuestas, algunas por un pequeño margen, pero otras dando una ventaja de 6 o 10 puntos a quienes preferían seguir dentro de la Europa unificada.

Poco después, en el mismo mes de junio hubo también elecciones en España. Si mal no recuerdo fue la segunda vuelta (¿o era la tercera?) del proceso para elegir a los diputados que investirían a un primer ministro con mayoría absoluta, aunque fuera mediante una coalición de gobierno. En ese caso las encuestas coincidieron en dos puntos: 1) todas vaticinaron que el PP (Partido Popular) obtendría entre 2 por ciento y 5 por ciento menos votos que los que en realidad obtuvo; 2) todas asignaron al colectivo Unidos Podemos entre 2 por ciento y 6 por ciento más de lo que logró. Esos dos errores hicieron fallar totalmente el panorama previsto por las encuestas.

En julio se llevaron a cabo en México elecciones para gobernadores de once estados. En seis de ellos (Hidalgo, Oaxaca, Puebla, Sinaloa, Tlaxcala y Zacatecas) los resultados de la elección coincidieron con los de las encuestas. Pero en los otros cinco (Aguascalientes, Chihuahua, Durango, Quintana Roo y Veracruz) las encuestas preelectorales señalaban ventajas claras para el PRI, pero ganaron los candidatos del PAN en coalición con algunos otros partidos.

Por último, el 2 de octubre en Colombia se votó el llamado Plebiscito por la Paz, un ejercicio en que los colombianos tenían que definir si aceptaban los acuerdos firmados por el gobierno y los guerrilleros de las FARC, que dan fin a más de 50 años de guerra interna en ese país. Como sabemos, ganó el NO -el rechazo a los acuerdos- por un estrechísimo margen (50.2 por ciento, contra 49.7 por ciento a favor del SÍ). Estadísticamente hablando, éste es el más grave de los cinco casos revisados. Sólo hemos visto dos encuestas sobre el tema, pero una de ellas pronosticaba 55 por ciento SÍ vs. 36 por ciento NO, mientras que la otra era todavía más extrema, 66 por ciento SÍ vs. 34 por ciento NO. ¿Cómo explicar ese gigantesco error?

Ahora bien, ¿cuál ha sido la reacción ante estos casos y qué se debe hacer para evitar que se repitan estas situaciones? Debo aclarar que mi mayor experiencia es en estudios cualitativos, así que no tengo la capacidad de recomendar nada a los colegas que se encargan de este tipo de encuestas.

Pero “haiga sido como haiga sido”, lo cierto es que estos y otros casos similares han provocado una reacción negativa de los clientes de estas encuestas y del público en general. Hay quienes afirman que las cifras han sido manipuladas o amañadas, con quién sabe qué propósitos. Algunos analistas han buscado explicar esos errores diciendo que no se tomó en cuenta bien la reacción final de los indecisos, o bien que votaron muchos de ciertos segmentos demográficos y muy pocos de otros.

Pero casi todos están de acuerdo en que las encuestas son sin duda el mayor perdedor en estas elecciones del último año.

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