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La corresponsabilidad de los medios en la masacre de Monterrey

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A la penosa tragedia ocurrida hace algunos días en el Colegio Americano del Noreste, en la ciudad de Monterrey, se le ha dado múltiples lecturas; todas buscando desesperadamente una explicación, una causa, un responsable, y muchas de ellas dando a los medios de comunicación de su correspondiente parte de responsabilidad.

A la penosa tragedia ocurrida hace algunos días en el Colegio Americano del Noreste, en la ciudad de Monterrey, se le ha dado múltiples lecturas; todas buscando desesperadamente una explicación, una causa, un responsable, y muchas de ellas dando a los medios de comunicación de su correspondiente parte de responsabilidad.

En la resaca del estupor, el recuento de los daños sirvió para reafirmar nuestra idea de que, como sociedad algo estamos haciendo mal respecto a la educación de nuestros niños. Esto tiene que ver con nuestra forma de actuar, con nuestras acciones y omisiones como ciudadanos; con nuestra forma de gobernar y dejarnos gobernar.

Sin embargo, respecto al ámbito comunicativo, el miércoles sangriento también nos sirvió para darnos cuenta que hay algo que huele mal con la manera en que reporteamos, editamos, administramos nuestros medios de comunicación o simplemente nuestras redes sociales.

Habían transcurrido pocas horas de la masacre y el video capturado en el momento de los hechos ya se viralizaba a una velocidad récord, el morbo pesó más que el sentido común. Fuimos aberrantes testigos por convicción, nos horrorizamos, pero también compartimos las imágenes en nuestras redes sociales, lo publicamos en nuestros portales de noticias y lo transmitimos en nuestros canales de televisión. Nos olvidamos, pues, de la dignidad y los derechos de las víctimas y sus dolientes.

Lejos de intentar satanizar y señalar a la prensa y a las plataformas digitales como los responsables directos y únicos de la desgracia que nos enlutó a todos, conviene analizar en qué fallamos los responsables de nutrir de contenidos a los ojos y los oídos de nuestra audiencia, dicho sea, completamente familiarizada con la violencia explícita y desmedida en diversos niveles y por todos los canales de comunicación.

Resulta innegable que el hecho de que los medios carezcan de una ética que les obligue a autocensurarse en casos como este, ha ocasionado la desensibilización que hemos adquirido como consumidores de información.

De la misma manera en que hoy tenemos a nuestra inmediata disposición el cúmulo de conocimiento que ha adquirido la humanidad desde su existencia, también estamos expuestos a una enferma exposición de su miseria. Lo mismo un lector, televidente o cibernauta adulto, que un niño de cualquier edad que con capacidad de utilizar los medios digitales o encender el televisor.

La del Colegio Americano fue una tragedia que nos puso a prueba como ciudadanos, como audiencia y como difusores de información; reveló que el manejo que le damos a la información, en ocasiones como esta, dista mucho de ser constructivo. El hecho nos estrujó en un momento ya de por sí convulso y de incierto futuro como país, y todos caímos en la complicidad del escándalo fácil movido por la desmedida hambre de clics, likes, rating y aprobación.

Por supuesto que no faltaron voces que condenaban la publicación del video y pedían a gritos un poquito de cordura para detener la ruin difusión de las imágenes, pero como en muchas otras ocasiones, la avalancha de irracionalidad fue más grande y demostró que de la misma manera que podemos trabajar en conjunto para causas constructivas, nos es fácil unirnos para corroer el tejido social, para equivocarnos colectivamente.

No sólo fueron el gobernador de Nuevo León, Jaime Rodríguez y el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), quienes pidieron respeto a las víctimas y sus familias, fue también la propia Secretaría de Gobernación quien recordó a los medios que no debían publicar imágenes que involucrar a menores de edad, ni el nombre de las víctimas.

Quedémonos pues con la experiencia, traumatizante pero aleccionadora. No escatimemos en reflexionar y abonar con lo que esté a nuestro alcance para evitar que ocurra una tragedia similar. La tarea no es fácil y el panorama parece poco claro y por esto, en nuestras manos está encaminarnos como sociedad y como difusores de información, encaminarnos hacia un camino positivo que tanta falta nos hace.

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