Durante esta semana y en plena campaña electoral un hecho llamó la atención en Twitter, cuando desde la cuenta oficial de Policía Estatal de Seguridad Pública en Sonora, se publicó la imagen de un hombre detenido por presuntos delitos contra la salud, quien portaba una camiseta relacionada con la campaña de la candidata al Senado de la República por Movimiento Ciudadano, Leticia Cuesta. Estas prendas se han repartido de manera contaste durante los actos proselitistas de la abanderada.

Luego de que el hecho fuera reportado por diversos usuarios en Twitter, la publicación del organismo de seguridad fue eliminado, al tiempo que la representante de Movimiento Ciudadano emitiera una publicación sobre la misma vía en la que consideró que este acto fue una estrategia para influir y afectar su imagen e pleno proceso electoral.

“No sé cuál fue la intención. El sistema no logra garantizarnos seguridad, pero sí utiliza las instituciones como parte de las estrategias en una campaña”, detalló Cuesta.

Aunque es imposible determinar las verdaderas intenciones detrás de este acto, lo cierto es que estamos frente a una situación que en marketing podría considerarse como una crisis de marca. Ya sea ocasionada por la oposición o el descuido del equipo estratégico, tanto la marca del partido  político como el de la candidata se vieron asociados a un hecho que poco favorece los intereses de ambos jugadores.

Si esto fuera resultado de un movimiento de contracampaña, la realidad es que la candidata y sus colaboradores poco pueden hacer; sin embargo, no se puede perder de vista que existe cierto grado de responsabilidad por parte del equipo estratégico.

A lo largo de la historia de la propaganda y promoción política la entrega de “souvenirs” sobre el partido o los candidatos ha sido una constante. No es raro estar en un semáforo y recibir plumas, libretas, gorras o cualquier otro tipo de prenda marcada con los colores, logos y nombres de los activos políticos a impulsar.

A pesar de que esto parece seguir siendo una buena estrategia, lo cierto es que la manera en la que los ciudadanos (consumidores/público meta) se relaciona con las organizaciones políticas y sus representantes (marcas y producto, respectivamente) no es la misma que hace una década.

Lo votantes se saben empoderados, las redes sociales les han entregado voz y esta condición sumada a la falta de cumplimiento de expectativas por parte de las autoridades gobernantes ha generado un clima de desconfianza nunca antes visto.

Un estudio publicado por Consulta Mitosfky a principios de esta año indicaba que los partidos políticos se ubican como las instituciones que menor confianza inspiran entre los mexicanos. Estas organizaciones sostuvieron un puntaje de 4.4 en una escala de 0 a 10.

Una encuesta realizada por el Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública (CESOP) de la Cámara de Diputados reveló que los ciudadanos están de acuerdo en que el gobierno a través de redes sociales proporcione información sobre acontecimientos relevantes (81.1 por ciento); recopile opiniones y peticiones ciudadanas (81 por ciento); promueva su imagen (50.4 por ciento); o brinde información de transparencia (87.7 por ciento).

El dato coincide con las proyecciones entregadas por el Latinobarómetro 2017, las cuales destacan que la confianza de los mexicanos hacia los partidos políticos está en su peor nivel en los últimos 22 años, debido a que sólo el 9 por ciento de los ciudadanos confían en ellos.

Con estas cifras de contexto, los equipos de campaña de cualquier partido político no sólo deberían preocuparse por dar alcance a sus marcas y productos, sino de mejorar el branding y percepción que de ellos se tiene en el mercado.

Entregar todo tipo de materiales “brandeados” en cada oportunidad puede llevar a la marca a parecer en lugares en los que no le conviene estar, y aunque hablamos de una actividad que por años ha mantenido el quehacer político, parece que ahora está obligado sino a desaparecer cuando menos a manejarse de manera menos masiva para mejorar el control de cada emblema.

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