A principios del nuevo milenio, el sociólogo estadounidense Jeremy Rifkin se aventuró a decir, en su ensayo La era del acceso (2000), que el mundo entraría en una etapa de sobresaturación informativa: una especie de aldea global donde las verdades serían muchas e imposibles de discernir. Habló, también, sobre la mercantilización del tiempo y sobre cómo los datos serían utilizados como virus para satisfacer los intereses de ciertos grupos de poder.

No muchos pusieron atención a aquella publicación, pero lo cierto es que las palabras de Jeremy Rifkin no sólo se convirtieron en hechos, sino que fueron rebasadas por la realidad misma. Dos décadas después nos damos cuenta de que este capitalismo tardío, este capitalismo de experiencias, de consumo, se vale del exceso de información para desestabilizar ciertos status quo. Me refiero, por supuesto, a esa otra pandemia no menos peligrosa que el Covid-19: la pandemia informativa, o como ahora la llaman, la «infodemia».

En términos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la infodemia es la excesiva producción de información en torno a un hecho cualquiera: una pandemia, unas elecciones presidenciales, un genocidio, un video en Facebook. Esta sobresaturación es tan desmesurada, que resulta imposible distinguir qué es verdad y qué es falso. En pocas palabras, la forma más visible que tenemos de una «infodemia» son las fake news.

¿Quiénes no nos hemos encontrado en nuestras redes sociales con algún rumor relacionado con el coronavirus? La «infodemia» no respeta clases sociales ni conoce de geografías. Quizás sus únicos enemigos sea el criterio propio y el sentido común. Dos cosas que, increíblemente, siguen siendo difíciles de encontrar en pleno 2020.

Las noticias falsas se han propagado con la misma velocidad que el SARS-CoV-2. Y van desde aquellas que indican que el Covid-19 no existe y que es un plan de las grandes corporaciones para controlar el mundo, hasta aquellas que aseguran que los sistemas de salud se inventaron la enfermedad para extraer el líquido de las rodillas de las personas y luego venderlo en el mercado negro. Quizás a algunos les cause risa, pero esta última hipótesis es muy popular en zonas como Ecatepec o Iztapalapa. Incluso circula un video en Facebook —bastante viral— donde se observa a varias personas insultando a médicos y enfermeras por supuestamente haber asesinado a sus seres queridos.

En tiempos de crisis, no hay nada más grave que el virus de la desinformación. Si una persona se cree una noticia falsa, basta con ello para que ese virus se propague en su familia, en su barrio, en su comunidad, en su ciudad y luego en su país. Es una cadena tan contagiosa como la del coronavirus mismo.

No en vano la OMS ha alertado que “la infodemia está obstaculizando las medidas de contención del brote, propagando pánico y confusión de forma innecesaria y generando división en un momento en el que necesitamos ser solidarios y colaborar para salvar vidas y terminar con la crisis sanitaria”. Y agrega que, “en la era de la información, este fenómeno se amplifica mediante las redes sociales, propagándose más lejos y más rápido, como un virus”.

Pudiera parecer nimio, pero dejar de compartir noticias de dudosa procedencia en nuestras redes sociales podría evitar más muertes. Aunque el mundo ya lleva más de medio año en guerra contra el Covid-19, aún hay quienes no creen en la enfermedad. Y la mayoría, lamentablemente, es incrédula por ignorancia. Pero sobre todo porque hay una desconfianza generalizada hacia las autoridades, sobre todo en los países más desprotegidos o con una marcada desigualdad social, como México.

La lógica de muchos mexicanos —y es completamente entendible— es: “Si el gobierno siempre me ha mentido, ¿por qué habría de creerle ahora que me pide quedarme en casa?”. La desconfianza del pueblo es el síntoma de décadas de corrupción y simulación política. Pero desde nuestras trincheras sí podemos, como se dice, “hacer comunidad”. Evitemos la propagación de información no fidedigna. Utilicemos nuestras redes para difundir noticias de medios serios o de fuentes confiables, como la Secretaría de Salud o la OMS. Porque hasta donde tengo entendido, nadie está trabajando en una vacuna contra la infodemia: sencillamente porque no existe. La vacuna somos nosotros.

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