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Carlos Bonilla

¿Has dimensionado las consecuencias del ghosting?

Bloquear a una persona de todas las redes sociales puede ser lo más cómodo para terminar una relación, pero eso no es nada maduro ni responsable.

Según un estudio del Journal of Social and Personal Relationship, el 25% de las personas afirman haber sido víctimas del ghosting, un rechazo que no solamente deja a las personas sin una relación que era importante para ellas, sino que, además, las deja sin explicaciones. No es solamente una conexión rota, sino que deja al otro sin la posibilidad de que haya un cierre en esa relación.

Ghosting es un término en inglés que traduce algo similar a “hacerse el fantasma” o el invisible. Es esa práctica que consiste en aniquilar todo contacto, súbitamente y sin que medie ninguna explicación, con la pareja o algún amigo, aprovechando la facilidad con la que puede uno desaparecer en el mundo virtual. Para hacerle a alguien un ghosting basta con no responderle los mensajes de WhatsApp. Pero el camino del ghosting es de ida y vuelta: con la misma facilidad que el ciudadano del siglo XXI “se afantasma” y desaparece, puede volver a la vida y aparecer en una red social, para opinar, lanzar un meme, insultar o difamar y después, si así le conviene, se vuelve a afantasmar.

Está comprobado que el rechazo activa en nuestro cerebro los circuitos del dolor, porque desarrollar conexiones y relaciones con otras personas es un rasgo evolutivo de los seres humanos. Por eso, nuestra mente identifica las conexiones con la supervivencia, lo que explica que cuando rompemos una de las conexiones más importantes de nuestra vida, nos duela tanto y podamos sentirnos tan heridos.

La responsabilidad afectiva es el concepto que cobra especial sentido cuando estamos hablando de qué es el ghosting. Este término se define como el compromiso con nosotras mismas y con los demás, lo que implica tener en cuenta las consecuencias de las acciones propias en el otro y siempre pensar en cómo lo que yo hago va a reflejarse en la vida de esa persona.

Resulta mucho más fácil desaparecer de la vida de una persona que enfrentarla para explicar los motivos de la ruptura, y lo mismo empieza a pasar en el mundo laboral, donde la gente, cada vez con más frecuencia, se afantasma y simplemente no acude a una cita de trabajo, ni tampoco da alguna explicación. El ghosting, desafortunadamente, es un fenómeno que nos reeduca, nos hace ver, cada vez con más normalidad, que tan válido es enfrentar una situación como evadirla. El fantasma, por su invisibilidad, no da la cara ni opone ninguna resistencia, es una criatura etérea que no experimenta la tensión social que nos ofrece el mundo sólido; esta tensión, ese enfrentamiento continuo con el otro, es el fundamento de la sociedad y, sin esta interacción con los demás, nos convertiríamos en otra cosa: en un fantasma. Shakespeare nos enseña que Hamlet, al lidiar con un fantasma, pierde la perspectiva de su vida, queda extraviado en la confusión y en la melancolía, que es lo que le pasa a cualquiera que se enfrente a un fantasma, o se convierta en uno, en el mundo tridimensional. Si todos empezáramos a hacer el ghosting, a afantasmarnos, la vida nos dejaría sin la más hermosa de sus prestaciones, que es la experiencia física con el otro, aunque sea para decirle que ya no quieres volver a verlo: que se vaya de cuerpo entero, no como un fantasma porque los fantasmas no se van.

Este tipo de responsabilidad trata de concebir las relaciones amorosas y sexuales como un espacio seguro en donde cada una de las partes implicadas se compromete a tomar en cuenta las emociones del otro, para aprender a tomar decisiones emocionales pensando en la pareja y no solo en la individualidad.

Es imposible evitar el dolor a la otra persona o poner las necesidades y los deseos del otro por encima de los nuestros, pero es posible entender que nuestras acciones tienen impacto en los otros. El ghosting es todo lo que va en contra de la responsabilidad afectiva, porque dejar de aparecer en la vida del otro sin darle ningún tipo de explicaciones es no tener en cuenta lo que pueda sentir. Dejar del lado todo tipo de empatía.

La clave para evitarlo es la comunicación. Solamente cuando logramos expresar asertivamente lo que queremos de la otra persona, es cuando vamos a estar seguros de que el otro entendió lo que estamos buscando y va a poder decidir si está dispuesto a dárnoslo o no.

Bloquear a una persona de todas las redes sociales puede ser lo más cómodo para terminar una relación, pero eso no es nada maduro ni responsable. Para tener relaciones sanas con los demás y contigo mismo siempre serán necesarias las conversaciones incómodas, porque las palabras son el mejor medio con que contamos para entendernos.

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