La gente se expone a los medios de información por dos razones: información y entretenimiento. La búsqueda constante de contenidos de esta naturaleza es la base de la grandeza de los que hoy reconocemos como los imperios de la comunicación, centrales de medios que desde su nacimiento, han financiado gran parte de sus operaciones gracias a los ingresos publicitarios.

De acuerdo con encuestas de la consultora Gallup, la confianza de los norteamericanos en la prensa se encuentra en su nivel más bajo -apenas 32 por ciento– desde 1972.

Por décadas, la relación entre marcas y medios de comunicación se mantuvo sobre una línea relativamente estable. A mayor número de lectores o audiencias, el número de anunciantes era mayor. La segmentación de los públicos era básica; el alcance era privilegiado sobre la interacción o el engagement.

No obstante, esta realidad cambio al tiempo que los medios digitales y canales de interacción social llegaron como una fuente más de información. Con la llegada de estos espacios, el criterio de las audiencias -no siempre del todo argumentado- se movió a un estado en el que la desconfianza hacia los medios más tradicionales creció de manera exponencial.

Tan sólo en México, datos entregados por Parametría indican que únicamente 2 de cada 10 personas confían en la información que emiten las transmisiones de televisión, radio y periódicos, dato que cobra especial relevancia cuando consideramos que hace 15 años, el 70 por ciento de los connacionales confiaban en la información en televisión.