Ética e información: las armas contra el COVID-19

En Masa y Poder (1960), Elias Canetti sostuvo que a nada le teme más el ser humano que a ser tocado por lo desconocido. La aseveración del pensador búlgaro nos lleva a reflexionar sobre las dimensiones reales que puede adquirir la pandemia del coronavirus en México. Si bien el COVID-19 es un virus desconocido, lo que se dice de él ya lo hemos visto en infinidad de ocasiones. La teoría del rumor es tan vieja como la civilización. Ante la desinformación y el miedo, se rumora. El rumor es lo único que calma la ansiedad social y se propaga en forma de fake news o de cadenas falsas de WhatsApp.

Los rumores y los chismes pueden conducirnos a una crisis mucho mayor que la que estamos viviendo. Las compras de pánico demuestran el nivel de penetración que tienen este tipo de contenidos entre los mexicanos, quienes en su mayoría (alrededor del 80%, según el Instituto Federal de Telecomunicaciones) consumen noticias desde sus celulares.

Que el coronavirus no se convierta en una emergencia mayúscula dependerá en gran medida de la responsabilidad conjunta de todos los actores de la sociedad. Si los medios de comunicación siempre están obligados a verificar fuentes y comparar datos, con más razón ahora la exigencia debe ser mayor.

Las compras masivas —e irracionales, hay que decirlo— de papel higiénico se deben precisamente a una serie de cadenas que circulan por WhatsApp, en las que se difunde que ya no hay abasto de este producto en los supermercados.  A simple vista esto podría parecer inofensivo, pero si estas acciones se trasladan a algún fármaco o a algún otro producto de primera necesidad, la situación podría empeorar.

Es aquí donde la responsabilidad social de las empresas debe ser algo más que una linda descripción en el website. Hubiese sido útil que alguna marca de papel higiénico comunicara que estas compras de pánico son innecesarias. Bien dicen que en tiempos de crisis hay quien jala más nagua para su molino, pero no olvidemos que habrá consecuencias económicas son ya inevitables y pegarán a todos por igual. Por desgracia, las decisiones del gobierno de Andrés Manuel López Obrador no han sido las más certeras y a kilómetros se huele la incertidumbre que domina entre las autoridades sanitarias del país.

Este fin de semana fuimos testigos de otra pifia de la desinformación. Desde el domingo comenzó a circular la versión de que el empresario mexicano José Kuri (primo hermano de Carlos Slim) había fallecido tras haberse contagiado de COVID-19. Horas después se descubrió era una noticia falsa, pero casi todos los medios ya habían replicado la información. Sin verificar, sin consultar fuentes. Sin hacer periodismo básico. No podemos permitir cae en estas trampas mediáticas que sólo abonan a la paranoia colectiva.

Actualmente el coronavirus ha contagiado a más de 170 mil personas de 150 países. En México, hasta la mañana del lunes, iban 53 casos confirmados. Somos 129 millones de mexicanos, quizás la porción de contagiados sea mínima, pero expertos de la UNAM advierten que los casos podrían crecer exponencialmente a finales de marzo. Italia y España son ejemplos de países que en su momento no tomaron las medidas adecuadas (como cancelar eventos masivos desde los primeros casos).

En nuestro país las cosas no parecen ser muy distintas. El fin de semana se llevó a cabo el Vive Latino, festival que recibió a unas 80 mil personas en ambos días. Un foco de contagio que no vieron —o no quisieron ver— las autoridades capitalinas ni OCESA. Se sabe que Vive Latino es la joya de la corona de Corporación Interamericana de Entretenimiento (CIE). Son decenas de marcas las que se anuncian en este festival y millones de pesos los que se mueven. No es, sin embargo, tiempo para poner los negocios sobre la ética. No al menos si se quiere evitar que en México las consecuencias sean graves.

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