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Carlos Bonilla

El Síndrome del Impostor, ¿una cualidad laboral?

Para muchos que experimentan el síndrome del impostor es algo perjudicial para alcanzar el éxito. Creer que no son dignos de sus logros y que alguien en algún momento desenmascarará su “farsa” agrega un nivel de presión no deseado a la jornada laboral.

Paradójicamente, quienes padecen el síndrome del impostor -la sensación de que sus logros laborales son inmerecidos y de que es probable que quedes expuesto como un fraude- lo ven como algo perjudicial para alcanzar el éxito, estudios recientes revelan que los comportamientos de esas personas pueden convertirlos en empleados exitosos.

De acuerdo con hallazgos recientes de Basima Tewfik, profesora asistente de Estudios de Trabajo y Organización en el Instituto de Tecnológico de Massachusetts, los comportamientos que exhiben los “impostores”, en un intento de compensar sus dudas sobre sí mismos, pueden convertirlos en buenos en su trabajo.

Al dar lugar a los sentimientos de insuficiencia -en vez de tratar de resistirlos o superarlos y poner un esfuerzo adicional en la comunicación- quienes sufren el síndrome del impostor pueden superar a sus compañeros “no impostores” en habilidades interpersonales.

Según Tewfik, esto significa que un rasgo que a la mayoría de las personas no les gusta de sí mismas puede, en realidad, estar motivándolas a desempeñarse mejor.

En un informe sobre los beneficios tangibles que pueden surgir de los pensamientos impostores en el lugar de trabajo, Tewfik sostiene que uno de los principales puntos que definen el síndrome del impostor es la brecha entre cómo los individuos perciben su propia competencia y cuán competentes son en realidad.

Tewfik quería descubrir cómo esa grieta sobre la competencia percibida podría afectar las carreras de los impostores, tanto en términos de la calidad de su trabajo como de su posición social entre colegas. Descubrió que, a pesar de las dudas, los trabajadores que experimentaban pensamientos impostores en realidad eran calificados como más efectivos interpersonalmente que sus pares. Los supervisores los describieron como mejores colaboradores que trabajaban bien con sus colegas. Asegura que eran más empáticos, mejores escuchando y hacían preguntas eficientes.

Para muchos que experimentan el síndrome del impostor es algo perjudicial para alcanzar el éxito. Creer que no son dignos de sus logros y que alguien en algún momento desenmascarará su “farsa” agrega un nivel de presión no deseado a la jornada laboral.

Según la UNAM, el 70% de la población sufre síndrome del impostor. Laura Barrientos Nicolás, especialista de la Facultad de Medicina de la UNAM, asegura que al menos 7 de cada 10 personas en el mundo han sufrido o sufren el síndrome del impostor. Dice que “las personas que lo padecen creen no tener mérito alguno y atribuyen sus logros a ´un golpe de suerte´ o la ayuda externa, en lugar de atribuirlo a su propio esfuerzo, capacidad, talento o creatividad”.

Quienes tienen síndrome del impostor viven vigilantes y temerosos de que alguien descubra que cometieron un “fraude”, tienen sentimientos de culpa ante sus logros, padecen estrés, inseguridad, ansiedad, depresión y tristeza, así como trastornos emocionales que afectan su desempeño laboral.

Otra característica es que las personas con síndrome del impostor tienen una insatisfacción permanente, al sentir que “nunca es suficiente” y que siempre “pudieron hacerlo mejor”. Esto los lleva también a abandonar emprendimientos bajo la excusa de que nunca se podrá alcanzar un objetivo ideal, según dicho de la doctora Barrientos.

Esíndrome del impostor fue descubierto en 1978 por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes y, aunque al principio se pensó que afectaba a las mujeres, con el tiempo se descubrió que era padecido por igual entre los hombres. Ha sido diagnosticado en personas tan capaces como la actriz y activista Emma Watson; la escritora y abogada Michelle Obama; Howard Schultz, fundador de Starbucks o Neil Armstrong, el primer ser humano en pisar la Luna.

Se trata de un problema con causas multifactoriales, lo cual quiere decir que para desarrollar este síndrome deben combinarse una serie de factores biológicos, psicológicos y sociales. Entre ellos destacan las comparaciones o sobre estimaciones en la infancia.  Las personas que crecieron bajo el constante asedio de frases como “tu hermana es mejor”, “no eres bueno para la escuela” o, por el contrario, “eres un campeón”, tienen probabilidades de desarrollar este síndrome.

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