Con tristeza, me declaro nomofóbica

Esta mujer en un metro en China tuvo una espantosa crisis de nomofobia. Parece risible el suceso pero, la verdad, es el reflejo del precipicio al que quizás vamos a caer todos. Vamos de una vez a las confesiones. Ya, sí, con tristeza me declaro nomofóbica. Todo empezó el otro día cuando salí del teatro y me di cuenta que mi “querido celular” era un inservible pedazo de plástico negro. Sin batería.

¿Y fulano? ¿Y la cita? ¿Lo que debía decir? ¿La hora de encuentro? ¿El cumpleaños de mi tío muerto? ¿Y? ¿Y ahora? Todo tipo de necesidades con el teclado empezaron a invadir mi mente para enloquecerme. Pensé con una enorme esperanza que tenía en mi bolsa el cable de la salvación pero… no, por desgracia, no lo llevaba conmigo.

La confesión va a que viví las siguientes tres horas más ansiosas de mucho tiempo. Intentaba decirme a mi misma lo cierto: todo estaba bien y no era para nada grave. Pero parecía adicta a la necesidad de saber y de decir, de escribir y de llamar. Como si mi seguridad estuviera depositada en ese maldito teléfono. Vergonzoso decirlo, como no.
Conseguí un cable en un puestito al lado de una estación del metro. Solución frustrada. No cargó el aparato… La nomofobia empezó a manifestarse en mi tensión muscular y en mis catastróficos pensamientos.

Un poco menos de la mitad de quienes tenemos celulares inteligentes sufrimos de este trastorno, cuyos síntomas son sensación de ansiedad, desconcierto y desespero cuando se nos queda el celular en casa o nos quedamos sin batería… A eso se suma esa necesidad, casi vital, de tener un cable en la mano para cargar el dispositivo.

Si han vivido en algún porcentaje esta, al parecer, tonta sensación… es porque están incubando una nomofobia, si no es que ya padece de una crónica. Sí, de un miedo irracional a no tener comunicación a través del teléfono móvil. La nomophobia (no-mobile-phone-phobia) es una enfermedad que nos convence de que somos indispensables y que en una hora sin celular se va a acabar el mundo.

La primera investigación sobre nomofobia, de SecurEnvoy, se llevó a cabo en Reino Unido hace cuatro años y sus resultados mostraron que 53 por ciento de las personas encuestadas sufría de nomofobia. Hoy, un nuevo estudio de la misma consultora revela que la cifra ha subido a 66%. El estudio además señala que son más las mujeres (70 por ciento) que los hombres (61 por ciento), quienes sufrimos de esta ansiedad. Además, la edad en que las personas son más propensas a padecer de nomofobia es entre los 18 y 24 años (77 por ciento), seguido de quienes tienen de 25 a 34 años (68 por ciento).

Aunque entre la comunidad científica ha sido muy polémico el término “fobia” en el contexto de este padecimiento, se han realizado otros estudios que describen los síntomas de este “trastorno”. En uno realizado en 2013 por el psicólogo Richard Balding, de la Universidad de Worcester en Reino Unido, se evidenció que el uso permanente del celular sí aumenta los niveles de estrés, lo así mismo genera en el crecimiento de conductas compulsivas como el buscar constantemente nuevas alertas, mensajes y actualizaciones. También observaron que la inhabilidad de apagar el celular, el tenerlo siempre a la mano, el asegurarse de que nunca se acabe la pila y el miedo a perder la señal son síntomas comunes de muy altos niveles de estrés.

En distintos grados, todos sufrimos de esa dependencia, de ese apego horrible. Observémonos, soltemos el celular a ratos, vayamos al parque con el perro y sin el aparato. Leamos un libro mientras el celular duerme en un cajón. Conversemos mirando al otro a los ojos como si nunca hubiera existido el diabólico aparato.

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