Algunas paradojas de la vida digital

La desaparición de un avión Boeing 777 de la aerolínea Malaysian Airlines, ha despertado un efecto mediático en razón de la pérdida humana, de la eterna teoría de la conspiración, de la ética alarmista de algunos “periodistas” y del intenso recuerdo que la naturaleza aún nos domina. Como ingenieros, tenemos la esperanza de poder dominar a la naturaleza pero ante la inmensidad de ésta aún tenemos mucho que aprender.


En un mundo hiperconectado como el que han descrito los grandes pensadores de la postguerra, como Castells, Rheingold y Jenkins, es increíble que el ancho de banda disponible a los pasajeros en un avión comercial sea mayor que el disponible para la tripulación. La naturaleza nos recuerda que aún estamos lejos del estado “siempre conectado, siempre encendido”, aún cuando nuestro teléfono celular habitualmente está todo el tiempo encendido, siempre hay un momento en que se desconecta de la red -por mantenimiento o por rutina.

Para mantener la cordura hay que desconectarse … para mantenerse conectado en este mundo hay que desconectarse. Para socializar hay que dejar el teléfono de lado. Es una paradoja, la relación entre la conexión y la desconexión.

Mientras la industria de las telecomunicaciones busca conectar a más personas y recibir más ingreso por tráfico de bits en sus redes, muchas regiones de la tierra carecen de los servicios básicos de telecomunicación, aún podemos llegar a regiones del país que no son “Territorio Telcel”  o “Movistarlandia” o “iusaland”. Regiones donde la carencia de un mercado atractivo obligan a respuestas como “no hay mercado suficiente para poner una radiobase aquí”. Es verdad, aún se puede vivir desconectado como en estos territorios olvidados por las telefónicas y los carriers. Nada más paradójico y falso que el slogan, “Todo México es Territorio Telcel”. En el mundo de la ciencia, todo es todo, el 100%. Y en la milpa de Juan o en el mercado del pueblito en el vértice de Oaxaca, Veracruz y Tabasco, aún no llega una señal … ni llegará, por falta de mercado.

Mientras tanto, la imagen analógica algún día desaparecerá del recuerdo humano, los niños nacidos en los últimos diez años no saben de Kodak y menos aún de Eastman, nunca los han oído, sus papás fueron la última generación en mandar a revelar un rollo. Sus ojos, recomponen imágenes a partir de pixeles discretos, pedacitos de pantalla separados por una tenue linea blanca. Si sirve de consuelo, esta pérdida de calidad, nos permite apreciar el mundo real y analógico con más detalle, apreciar más los colores y tener la esperanza que el color de las impresiones algún día llegará a ser como el amarillo, azúl o rojo que “Kodak inventó …”.

Las tecnologías digitales, nos permiten crear con mayor facilidad y nos permiten dejar la calidad de un lado. En una saturación deliberada de los medios de comunicación, no podemos detenernos a admirar la imagen, a sentirla cuando la vamos analizando. Sólo recogemos los detalles importantes, si acaso la estética básica de la comunicación visual. Y rápidamente nos distraemos con el elemento chusco, con la intervención y la remediación de la imagen. En pleno renacimiento, la digitalización hubiera obligado a los pintores de época a producir más, cobrar menos, usar más pinceles, pero con poca finura. Hoy producimos más de menos.

Mientras el cliente buscaba al producto en el directorio telefónico, hoy el producto sale al encuentro del cliente. Basta pararse en una esquina para ver el desfile interminable de marcas. La saturación, nos ha obligado a ser ciegos a estas marcas que salen a encontrarnos. Tal vez el futuro del marketing estará en la desconexión.

¡ Desconéctate aunque sea por un rato !

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